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Para el 31 de mayo no me voy con los del todo vale

Por eso yo le estoy apostando a Paloma Valencia, porque me ofrece un país no perfecto, pero sí decente y en el que la libertad se siga respetando.

hace 2 horas
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  • Para el 31 de mayo no me voy con los del todo vale

Por Diego Santos - @diegoasantos

Llevo años recibiendo el mismo diagnóstico según quién me lea. Para los de izquierda soy un lacayo del establecimiento. Para los de derecha soy un infiltrado del castrochavismo. Para los del centro soy un tibio sin convicciones. Es posible que todos tengan un poco de razón, o que todos estén completamente equivocados, que es básicamente lo mismo.

Lo que sí puedo decir con certeza es de dónde vengo: una casa donde se discutía sin descalificar, un colegio donde las ideas se debatían sin que nadie terminara excomulgado, una universidad donde aprendí que la duda es más honesta que la certeza absoluta. Ese es mi “pecado” original: me educaron para pensar, no para pertenecer.

Y claro, eso en la Colombia de hoy es casi un delito. Porque nuestro país, con su vocación histórica por el drama, decidió que las elecciones de 2026 iban a ser un festival del extremo.
A la izquierda, Iván Cepeda, el hombre que ha convertido la denuncia en industria y la victimización en método, que lleva años diciéndole a Colombia que todo está mal sin explicar convincentemente cómo lo va a arreglar, que tiene la habilidad prodigiosa de presentarse como el redentor justo cuando el gobierno más desastroso de la historia reciente lo necesita como sucesor.

A la derecha, Abelardo De La Espriella, que descubrió que la indignación vende más que los argumentos, que construyó una tribuna sobre el ruido y el espectáculo chabacán, que tiene una respuesta para todo excepto para las preguntas que incomodan –bueno, aunque suele denunciar cuando eso pasa-, y que confunde la vehemencia con la convicción, como si gritar más fuerte fuera lo mismo que tener razón.

Son dos caras de la misma moneda devaluada. Ambos se alimentan de lo mismo: el miedo, la rabia, la necesidad humana de tener un enemigo claro para no tener que pensar demasiado. Ambos le ofrecen al electorado la comodidad del mundo en blanco y negro, donde todo lo que haga el adversario es corrupto y lo que haga el propio es patriótico. Ambos, en el fondo, desprecian la ambigüedad, que es precisamente donde vive la realidad.

Me han preguntado si no es irresponsable negarse a escoger entre los dos. Si no es un lujo de tibios poder darse ese gusto. Y yo pregunto lo contrario: ¿no es más irresponsable entregarle el país a cualquiera de los dos solo porque el otro da más miedo?

Faltan 40 días. Todavía hay tiempo para que Colombia recuerde que entre el abismo y el precipicio existe la acera. Que votar con conciencia no es votar con ingenuidad, ni con falta de amor para con el país. Que rechazar el extremo no es no tener posición, es tener la más difícil de todas: la que no te garantiza tribu, ni aplauso fácil, ni pertenencia cómoda.

Por eso yo le estoy apostando a Paloma Valencia, porque me ofrece un país no perfecto, pero sí decente y en el que la libertad se siga respetando.

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