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Columnistas | PUBLICADO EL 14 febrero 2021

De la tertulia al chat

Por Enrique López Encisoealopezen@gmail.com

Hace un año largo que el Covid está en nosotros y su presencia ha puesto patas arriba nuestra vida cotidiana y nos ha obligado a reinventar muchas cosas. Esa ruptura, esa catástrofe ha cambiado nuestra organización social y económica, personal y colectiva. La pregunta es qué tan permanentes serán los cambios ¿que quedará de esta pandemia una vez el virus sea controlado?

A medida que la infección se expandía y aumentaban las noticias sobre la capacidad de contagio del virus y su letalidad surgió lo que se podría llamar un miedo social. Esa fue la respuesta a un evento desconocido, acompañado de medidas draconianas de confinamiento y de toda la capacidad de incrementar ese miedo desde los gobiernos amplificada por los medios de comunicación. Todos nos sentimos vulnerables frente a una fuerza desconocida que provenía de la naturaleza.

La incertidumbre generalizada se aumentó con el miedo a la muerte, al contagio, a la enfermedad. A lo anterior se agregó el temor frente a la situación económica y al futuro, con claras diferencias de acuerdo con la edad o la situación social. Para los jóvenes la mayor preocupación es la desorganización social y económica producto de la crisis y que amenaza sus estudios o su ingreso a la vida social. Para los viejos pesa más el temor a la enfermedad o la muerte.

Todavía recordamos el miedo de esos primeros días del confinamiento. La sensación de desamparo al mirar las noticias con las cifras de contagiados y muertos. Las escapadas a hacer las compras como si fueran una operación de comandos provistos de guantes, gel y tapabocas. Mirar al otro como el que me va a contagiar, la desconfianza hacia los otros que debilita la argamasa con la cual se construye la sociedad.

Una consecuencia de ese miedo social es la tentación del absolutismo, como recuerda el columnista del NYT David Leonhadt, como una pulsión latente de los seres humanos que ojalá erradiquemos. Ante la emergencia de salud pública aumenta el incentivo para exigir que las personas deben cesar todo comportamiento que cree un riesgo adicional.

Una exigencia que se nutría del desconocimiento frente a los factores que realmente aumentaban el riesgo de contagio. Hoy hay una percepción diferente de la forma como se difunde el virus, ya no se piensa, por ejemplo, que el contagio se dé por superficies y se sabe que la posibilidad de adquirirlo en espacios abiertos es muy reducida. Mientras eso se develaba se había instado a los atletas y ciclistas a usar tapabocas, o se había bañado con desinfectantes tóxicos a los compradores que acuden al mercado.

Nuestra vida cotidiana fue cambiando frente a las circunstancias. Los que podemos trabajamos en casa, con el riesgo de hacer desaparecer la frontera entre las horas dedicadas al trabajo y al hogar. Nos desplazamos menos y también se socializa menos. Las reuniones de trabajo se siguen de forma implacable unas a otras, en eso son eficientes, si el internet lo permite. Algunas empresas ya vieron que era posible esa nueva forma de organización del trabajo y están migrando definitivamente hacia ella. Nuestra vida social es cada vez más virtual. Las tertulias, seminarios y encuentros se hacen virtualmente y es probable que sigan así. De la tertulia al chat

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