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Las encuestas ya lo ubican en competencia directa por la Presidencia.
Por Alberto Sierra - @albertosierrave
A menos de un mes de la primera vuelta presidencial del 31 de mayo, el tablero electoral empieza a mostrar más que competencia: reordenamiento. Dos encuestas recientes —Guarumo y EcoAnalítica, y Atlas Intel— ofrecen una fotografía convergente en lo esencial: el sistema político dejó de ser circuito cerrado. En Guarumo, Iván Cepeda lidera con 38,0%, seguido por Abelardo de la Espriella con 23,9% y Paloma Valencia con 22,8%. En Atlas Intel, Cepeda mantiene el primer lugar con 37,4%, pero De la Espriella asciende a 29,0%, consolidándose en el segundo puesto. En escenarios de segunda vuelta, ambas mediciones coinciden en un punto políticamente relevante: el margen deja de ser estructural y pasa a ser competitivo, con resultados abiertos frente a los principales candidatos del establecimiento.
No se trata solo de cifras. Se trata de jerarquías políticas en transformación. Lo que estos datos sugieren es que un actor por fuera de la estructura partidista tradicional ya no ocupa un espacio periférico en la contienda, sino uno central en la disputa por el poder presidencial. Y eso es un cambio de categoría.
De la Espriella no proviene de la militancia partidista ni de la lógica de cuotas burocráticas que históricamente han definido el acceso a la Presidencia. Su trayectoria se construye desde el sector privado y el ejercicio profesional independiente, es decir, desde un espacio que no depende de maquinarias políticas para existir ni posicionarse. En un país donde el poder ha tendido a circular dentro de un perímetro relativamente estable de élites políticas, esa diferencia deja de ser biográfica para convertirse en estructural. Y esa estructura empieza a producir efectos visibles.
Uribismo, santismo y petrismo —corrientes que han dominado la conversación política en las últimas décadas— coinciden, con matices, en su lectura crítica del fenómeno. Esa coincidencia no es ideológica: es institucional. Refleja la dificultad del sistema para procesar actores que no emergen de sus propios mecanismos de reproducción. Cuando las estructuras tradicionales reaccionan de forma convergente frente a un actor externo, lo que se evidencia no es solo incomodidad, sino pérdida de control sobre la intermediación política.
Su estilo orma parte de esa ecuación. Directo, sin el lenguaje amortiguado que domina buena parte del debate institucional, ha logrado conectar con sectores ciudadanos que perciben la política como excesivamente mediada por cálculos de coalición. En un contexto de desconfianza hacia las élites, la claridad discursiva no es un rasgo de forma: es un recurso de representación. El argumento sobre la falta de experiencia de gobierno es legítimo. La distancia entre capital político, visibilidad pública y capacidad de gestión estatal no es menor. Pero también lo es reconocer que buena parte del desgaste del sistema proviene de trayectorias integradas a ese mismo sistema, cuyos resultados siguen siendo objeto de cuestionamiento en seguridad, corrupción y eficacia institucional.
Lo relevante de las encuestas no es solo la posición de De la Espriella en primera vuelta. Es su presencia en escenarios de segunda vuelta con márgenes competitivos frente a figuras del sistema tradicional, según Atlas Intel. Eso introduce un dato nuevo en la ecuación política: no solo hay fragmentación, sino posibilidad real de alternancia desde afuera del sistema. La pregunta ya no es si De la Espriella encaja en la política tradicional. Es si la política tradicional tiene la capacidad de definir los límites de una competencia que ya dejó de estar exclusivamente en sus manos. Los datos sugieren que el sistema todavía no controla la respuesta.