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Francisco les devuelve la vida a los radios que no suenan hace 50 años

Don Francisco Mejía decidió dedicar su jubilación a arreglar rarezas de radios empíricamente.

  • Don Francisco muestra algunos de los radios de su colección. Arriba, una de sus piezas más queridas de las 200 que tiene en su hogar en Laureles. FOTOS Julio César Herrera
    Don Francisco muestra algunos de los radios de su colección. Arriba, una de sus piezas más queridas de las 200 que tiene en su hogar en Laureles. FOTOS Julio César Herrera
  • Francisco les devuelve la vida a los radios que no suenan hace 50 años
04 de noviembre de 2023
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En plena era digital —del Spotify y del podcast— en un apartamento del barrio Laureles todavía se escucha como las transmisiones de ondas hertzianas salen gangosas de algún viejo radio con más de 30 años de estar sonando. Sin embargo, este ruido, en vez de molestar a sus habitantes, es celebrado con júbilo pues significa que uno de esos aparatos en desuso ha revivido gracias a los esfuerzos de un autodidacta al que se le metió en la cabeza que tenía que arreglar dichas piezas tecnológicas del pasado.

Don Francisco Javier Mejía es un jubilado del sector constructor que siempre sintió esa fascinación por la radio, no solo por el logro tecnológico que representa, sino también por su poder de transformar la sociedad.

“Usted para usar un radio no tiene que pagarle a nadie, o muy poquito porque son muy baratos, cosa que no pasa con el celular que necesita señal y datos. Además, el radio llega a cualquier persona en cualquier parte. Por eso es que con Radio Sutatenza uno podía hacer la primaria y el bachillerato, y eso es lo que me enamora, porque es una herramienta para cambiar a la gente. Por eso la radio debería ser del dominio del Estado para enseñarle cosas útiles a las personas. Infortunadamente la tecnología abandonó la radio y ya casi no hay emisoras AM, o las que quedan son de evangélicos que sí vieron su potencial”, explicó.

Desde hace un año, cuando obtuvo su jubilación luego de trabajar 43 años en el sector de la construcción, don Francisco se empeñó en conseguir y salvar de forma empírica cerca de 200 radios de todo tipo pertenecientes a una veintena de marcas que datan incluso de los años 50, según comentó.

Si bien su pasión por la radio data desde su niñez, una de sus adquisiciones más queridas es una vieja grabadora Sankey de los años 80. Una de esas todo terreno que ya no se ven y con la que pudo paliar las duras jornadas trabajando en proyectos hidroeléctricos en el Oriente antioqueño. Hoy la grabadora ya no suena, pero don Francisco está empeñado en lograrlo.

“Me toca conseguirlos por Ebay o Facebook porque infortunadamente en la calle casi no se ven o están dañados más allá de cualquier intervención. Eso sí, a mí me dan un gangazo y lo compro”, comentó.

Don Francisco se emociona mostrando su colección, tal vez su principal orgullo después de su familia. Por eso brinca de un lado a otro mostrando partes de ella y contando porque son tan importantes o cual es la rareza de cada una.

Comenta sobre un Sony del que sale una voz al apretar un botón que dice la hora —algo que hoy puede sonar poco increíble pero que en su época fue todo un descreste— y ya está buscando en sus cajones con fruición otro radio que se puede meter a la ducha. Luego vuelve y se mueve buscando otro radio de marca Stewart que es capaz de reproducir el audio de la señal de televisión. No ha terminado de contar el cuento cuando ya está mostrando un radio que funciona con dinamo y con energía solar, casi a la vez que habla de un radio alemán Grundig diseñado por la marca de carros Porshe y de un modelo de Sony suyo, tal vez único en el mundo porque ya no se produce.

En casi todos se escucha sagradamente Radio Bolivariana y sus conciertos de música clásica. La calidad del audio da cuenta de la “salud” de los “pacientes” de don Francisco.

Su colección la coronan una serie de discmans y casseteras —entre walkmans y viejas grabadoras de periodistas— en las que reposan algunas grabaciones privadas de Mario Posada Ochoa, el mítico gerente de Movifoto y uno de los cineastas empíricos más importantes de la vieja Medellín.
Don Francisco cuenta que arreglar radios es toda una incertidumbre pues él sabe cuando empieza pero no cuando termina.

“Es que primero, la mayoría de radios son muy maltratados porque la gente no los sabe guardar. Por eso llegan con las pilas sulfatadas; y segundo, ya no se consiguen los repuestos de muchos, ni siquiera en La Cascada. Además, existe el riesgo de que usted por sacar un componente termine dañando otro de forma irrecuperable. Pero generalmente con una buena limpieza basta para que suenen. Otras veces hay que revisar los circuitos, pero yo no conozco esa disciplina. Quiero aprender pero no sé donde dan cursos de reparación de radios. Me toca andar pendiente de los videos de YouTube porque creo que acá en la ciudad o el país casi nadie se dedica a arreglarlos porque el mercado fuerte es en Estados Unidos y Europa. Al menos yo, no conozco a nadie que lo haga. Ojalá encontrara un ‘socio’”, explicó.

Poco a poco, y tal vez sin querer, el señor Mejía ha venido involucrando a su familia en su actividad pues hasta para montar una antena en su casa se han prestado. “Él trata de ver como los arregla y por eso pone un radio prendido funcionando correctamente y otro que falla. Luego uno lo escucha que alega y ‘pelea’ con los radios pero aún así se entretiene. A veces el plan familiar es ayudarlo a buscar alguno de esos tornillos chiquiticos acá en el taller”, relató entre risas una de sus hijas.

Pese a la importancia de su colección, el quién la va a mantener luego de que parta de este mundo no es un tema que trasnoche a don Francisco. “Que esto lo coja el que me estime”, se volvió su mantra.

“Hermano, uno no puede pensar en que quien va a recoger estos chécheres cuando falte. Sí, esta es una pasión pero no es algo que me apegue, porque igual cuando eso pase yo ya no estaré para saber que va a pasar con todo esto. Eso ya será un problema de ellos. Si yo me pusiera a pensar en algo así no me dejaría vivir”, argumentó el empírico técnico que pasó de los planos de la construcción a desentrañar los misterios que hay en cada radio.

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