Con doble crimen intentaron callar a el espectador
30 años atrás, un día como hoy, por orden de Pablo Escobar, fueron asesinados, con una diferencia de dos horas, Martha Luz López y Miguel Soler, empleados de ese diario en Medellín.

El hecho
El martes 10 de octubre de 1989, el registro de asesinatos en Medellín era de nueve personas, una cifra que para la época parecía baja, en comparación con otros reportes diarios, que daban cuenta de 20 o más homicidios. Dos nombres de esa lista de violencia impactaron la historia del periodismo: Martha Luz López López y Miguel Soler Leal, ambos empleados del periódico El Espectador.
El ataque a estas dos personas, ajenas a la redacción de ese matutino, causó sorpresa, pues quienes recibían las amenazas contra sus vidas de parte del cartel de Medellín, al mando de Pablo Escobar, eran los periodistas.
Antes, el 17 de diciembre de 1986, Guillermo Cano Isaza, director del rotativo capitalino, había sido acribillado por sicarios en moto cuando salía de la sede en Bogotá. Tras este crimen -calificado como un magnicidio y un ataque directo contra la libertad de prensa-, las amenazas de Escobar contra El Espectador no cesaron porque su objetivo era que el periódico cerrara.
Martha Luz y Miguel desempeñaban puestos gerenciales y logísticos y ninguno de los dos, según los reportes del hecho, habían recibido amenazas directas. Martha Luz era la gerenta general y de Mercadeo, y Miguel, el jefe de Distribución.
Martha Luz, de 34 años de edad y con once de vinculación a la empresa, fue atacada con arma de fuego cuando llegaba en el vehículo particular a su residencia, en la calle 6A con carrera 43, sector de Patio Bonito (El Poblado), acompañada de su madre. El hecho, en el que su progenitora sufrió lesiones leves y fue dada de alta momentos después en la clínica Soma, ocurrió a las 12:27 del mediodía. Los agresores se movilizaban en un taxi y una moto.
Hora y media después, a las 2:00 p.m. fue atacado a bala a Miguel Soler Leal cuando salía de su residencia en Laureles (calle 33 con carrera 80) hacia el trabajo. Llevaba 25 años de labores en el diario. Pocos minutos después de ocurridos los hechos, en el periódico recibieron una llamada de una persona que se identificaba como integrante del cartel de Pablo Escobar y les pedía a los demás empleados que renunciaran, pues por todos los medios se impediría que el periódico circulara en la ciudad.
En respuesta, las directivas de Bogotá ordenaron el desalojo de la oficina en el Centro de Medellín, para prevenir más atentados y salvaguardar las vidas de sus 35 empleados.
Según relata Carlos Mario Correa, el periodista de El Espectador que cubría el orden público en Medellín y autor del libro “Las llaves del periódico” (en el que narra las amenazas y el acoso contra el diario, en los tiempos de Escobar), el cartel de Medellín asesinó a más de veinte empleados de esa casa periodística, en el país, después del crimen de Guillermo Cano.
La persecución de esta organización criminal contra el matutino tuvo como origen el hecho de que este fue el primer periódico que publicó una fotografía de Pablo Escobar y lo calificó de narcotraficante.
Masacres eran lo común del día
La sucesión de hechos de violencia que sacudían a Medellín entre los años 88 y 90, era tan fuerte, que ese mismo martes, se presentó una masacre de cuatro personas en un inmueble del barrio Campo Valdés. Estas matanzas eran tan comunes, que el hecho quedó registrado en una corta nota de prensa. Las víctimas pertenecían a una misma familia y entre ellas cayó, incluso, una anciana con discapacidad.
LA HEROÍNA
María Cristina Arango de Tobón
Doce años han pasado desde que María Cristina Arango de Tobón, corresponsal de cultura de El Espectador en Antioquia, escribió su última columna para el diario capitalino. Lo hizo con un dejo de tristeza porque esa fue su casa por más de 30 años, desde sus tiempos de estudiante de periodismo en la Universidad Javeriana de Bogotá. Un hogar en el que aprendió que cuando se trabaja con honestidad y profesionalismo, un sentimiento que no cabe en el corazón es el del miedo. “Macrisa”, como se identificaba en sus columnas, hizo parte del grupo de reporteros de El Espectador en la ciudad, en los años en los que el cartel de Medellín protagonizó los más duros ataques contra el matutino. Le tocó llorar sobre el féretro de Guillermo Cano Isaza en 1986 y sentir el mismo dolor cuando, en octubre de 1989, sicarios asesinaron a sus dos compañeros. “Cuando mataron a Guillermo Cano me fui a Bogotá al sepelio. Él era un faro para el país. Y cuando asesinaron a Martha Luz y a Miguel fue muy duro, entendí que el objetivo era silenciar el periódico, pues si matan a un periodista el diario sigue, pero atentar contra la Gerencia y la Distribución podía acabar con el resto de la empresa”. “Macrisa” dice que nunca sintió miedo a pesar de que recibió llamadas amenazantes luego del asesinato de sus compañeros y siguió su labor porque tenía muy clara su pasión por el oficio y sentido de pertenencia hacia El Espectador, dos razones por las que estaba dispuesta a darlo todo, incluso su vida. Ella se las ingenió para enviar sus informes por fax desde la fábrica de un amigo.