El día que la muerte entró colada a La Macarena

Un carrobomba con 200 kilos de dinamita estalló a las afueras de la Plaza de La Macarena, luego de una tarde de toros, y le arrebató la vida a 26 personas. Las víctimas: civiles y policías.

El hecho

Cambio de tercio. El remate del sábado taurino, del 16 de febrero de 1991, trajo consigo un trago amargo en forma de carrobomba que convirtió la fiesta en tragedia. Eran las 6:10 de la tarde y una multitud regresaba a casa al ritmo de olés, vinos y pasodobles, cuando uno de los vehículos parqueados en las inmediaciones de la plaza de Toros de La Macarena, en los bajos del puente de San Juan, detonó con 200 kilos de explosivos. La corrida de turno había terminado 20 minutos antes.

John Mario Rico, uno de los tantos que participaba como espectador, estaba cerca de una caseta cuando sintió retumbar el piso. En un abrir y cerrar de ojos comenzó a ver personas moribundas que caminaban, o lo intentaban al menos, con pedazos de lata incrustados en sus cuerpos. Luego oyó sirenas que lo aturdieron y una muchedumbre que comenzó a copar ese sector aledaño a la plaza que se convirtió en una escena de terror.

Diego Bolívar también estaba en la corrida con un grupo de cinco amigos: dos hombres y tres mujeres y entre ellas estaba la que en ese momento era su pareja. La fuerza de la detonación los hirió gravemente a los seis: los tres hombres fueron internados, pero sobrevivieron, las tres mujeres fallecieron y ahí comenzó para ellos una ausencia y un recuerdo doloroso que aún pesa.

La onda explosiva averió el costado occidental del puente de San Juan y destruyó 46 vehículos. El primer parte oficial daba cuenta de la tragedia: 17 muertos y más de 60 heridos en un atentado que, según la Fiscalía, fue ejecutado por la banda Los Priscos como retaliación a la muerte de varios de sus cabecillas en operativos militares. Con el pasar de los días la cifra de víctimas mortales subió hasta 27, 17 civiles y diez uniformados de la Policía. Cuentan las crónicas de la época que fueron tantos los heridos que en las ambulancias viajaban hasta cuatro pacientes en simultáneo.

La onda explosiva alcanzó a varios de los integrantes de la banda Marco Fidel Suárez, agrupación de música marcial que pasó de amenizar la fiesta brava a mascullar la tristeza propia de ser víctima más de la violencia. Bertulfo Alfonso Rincón, Absalón Alzate y Arturo Tobón fueron los integrantes de la agrupación que nunca más pudieron sonar sus instrumentos.

La corrida del día siguiente, domingo, se canceló y en su lugar hubo una eucaristía en honor a las víctimas. Al año siguiente volvió la fiesta taurina, el puente se reparó y la gente volvió a visitar la plaza. Años después, en 1995, la justicia condenó a 30 años de cárcel Héctor Jairo Zapata Vidal, señalado como autor material. Los autores intelectuales, sin embargo, burlaron las pesquisas judiciales.


IDENTIDAD DE LAS 27 VÍCTIMAS
Sandra Arbeláez, Mary Luz Restrepo, Eva Jaramillo, Sigifredo Zuleta, Carlos Téllez, Ramón Delgado, Amparo Sánchez, Jorge Guiller Nossa, Luis Alfonso Agudelo, Juan Carlos Agudelo, Juan Carlos Henao, Diana Beltrán, José Elías Galindez, Mónica Acosta, Bertulfo Rincón, Absalón Alzate, Arturo Tobón, Gilberto Giraldo, Rubén Darío Mesa, Nelson León, Moisés Miranda, José Ignacio Becerra, Sigifredo Oliveros, José Francisco Molano, Pedro Pedraza, Libertad Patricia Vélez y Édgar González.

EL HÉROE
Juan López Artehaga

Un trago más o un trago menos, la salida de las corridas para Juan López Artehaga era lenta, ceremoniosa y con múltiples estaciones desde las tribunas de la plaza hasta donde guardaba el carro en el barrio Conquistadores. Y el sábado 16 de febrero de 1991 no fue la excepción. La verbena que se armaba en el polígono que forma el cruce de la Autopista Sur con San Juan era la excusa perfecta para socializar en esa romería que se formaba entre los amigos del barrio, del colegio y de la universidad. Tenía 20 años en ese entonces y la muerte nunca le respiró tan cerca. Eran las 6:10 de la tarde y un sonido seco, poco estrepitoso, los alertó sobre los avatares de vivir en la Medellín de los 90. La onda explosiva los tumbó y lo que siguió fueron momentos de pánico. Un funcionario de la Defensa Civil los ayudó a evacuar el lugar y el conteo de rigor: uno, dos, tres, cuatro, cinco. ¿Estamos todos bien? De ahí en adelante fue vivir con el miedo permanente. “Vivimos un montón de alegrías, pero también vimos de cerca a la muerte y eso nos hizo entrañables. Hicimos nuestro propio toque de queda y fueron casi seis meses donde no salíamos y la pregunta que siempre rondaba: ¿A nadie le pasó nada?”. La juventud de Juan estuvo atravesada por la violencia urbana. La bomba de La Macarena lo rozó y como creció en el barrio Los Colores también fue vecino de carrosbomba en la Cuarta Brigada. Hoy, que lo mira en perspectiva casi 30 años después, sabe que tuvo suerte. No todos pueden tararear ese estribillo que canta Rubén Blades en su canción Las calles: “Soy de aquí, de los que sobrevivieron”.