Tres años tenía Manuela cuando su padre, Pablo Emilio Escobar Gaviria, decidió traspasarle la propiedad del palacio que había construido para ella, su hermano y su madre, en el exclusivo sector de El Poblado, Santa María de Los Ángeles.
El coloso era nuevo. En 1986, como pincelada final de la construcción, instalaron en su fachada una obra esculpida por Rodrigo Arenas Betancourt y, apenas un año después, se firmaron los papeles del “negocio” en favor de la menor de edad en una notaría de Envigado, tal como lo consignó el Juzgado Segundo Penal del Circuito Especializado de Medellín en el fallo de extinción de dominio del edificio Mónaco.
Aunque bien pudo haberse llamado Costa Azul, como recuerda la esposa del maestro Arenas, María Elena Quintero, pues ese era el nombre de la firma y el proyecto con el que negociaron la entrega de la escultura “La nueva vida”, finalmente terminó tomando el nombre de un principado europeo cercano a la riviera francesa.
La misma sentencia en la cual la justicia entregó al Estado la propiedad del edificio, indica que para levantarlo fueron necesarios cuatro terrenos, en dos de los cuales había sendas mansiones, recuerda María Cristina Restrepo, escritora y antigua vecina del Mónaco.
En la retina todavía tiene una de esas casonas. La pinta como una construcción de estilo francés que no era ostentosa, sino más bien austera y “hermosamente armoniosa”, por lo cual considera lamentable que se destruyera para dar paso a la construcción de ocho pisos que terminó con la tranquilidad de un barrio habitado por gente de renombre, pero que no estaba acostumbrada a una cotidianidad de camionetas y guardaespaldas.
...en el corazón de la alta sociedad de Medellín. Ahí llegó Escobar a instalarse, a Santa María de los Ángeles, a escasas cuadras del Club Campestre, lugar en el que tantas veces le cerraron las puertas.
Así, con el orgullo herido, el narcotraficante buscó la forma de sentar su posición, relata Restrepo, porque en su frustrado intento de codearse con los grandes apellidos de la ciudad, la única alternativa que halló fue irse a vivir junto a ellos.
Tuvo un diseño que en un documento elaborado entre la Alcaldía de Medellín y el Museo Casa de la Memoria se describe como “llamativo” para la zona y la época.
En total estaba conformado por 12 apartamentos, igual número de depósitos y 34 parqueaderos en el sótano. Tenía tres ascensores, de los cuales solo el central llegaba a los dos últimos pisos, que eran el penthouse donde vivía la familia de Escobar.
A eso hay que sumar el resto de comodidades que tenía el edificio: turco, jacuzzi, una piscina privada en los últimos pisos y otra comunitaria a las afueras, canchas de tenis, una caja fuerte del tamaño de una habitación, entre otras, que con el deterioro que sufrió la estructura en la última década quedaron en puros recuerdos.
María Cristina Restrepo afirma que el Mónaco creció en medio del secreto, un lugar en donde no todos eran admitidos, pero del que de voz en voz se soltaban detalles, como la galería de obras de arte que tenía el narcotraficante en su apartamento, o que los primeros pisos eran ocupados por su cuerpo de seguridad
Martha Elena Congote y su esposo Álvaro Vélez, quienes viven desde 1985 en la unidad más inmediata, relatan que vivir con Escobar de vecino era un peligro permanente. Aún así, Martha narra que nunca vio al capo, pero sí fue testigo de las fiestas para sus hijos, la Primera Comunión de Juan Pablo y el bautizo de Manuela.
Otra escena que se volvió común en el barrio era ver tres camionetas detrás de una cuatrimoto que no respetaba ningún Pare. La conducía el hijo de Escobar, que la usaba cada vez que llegaba del colegio. Restrepo confiesa que en esos momentos era mejor no asomarse ni a las ventanas.
Había algo tenso en el ambiente, una amenaza que suponían se materializaría de alguna forma, pero que no podían saber cuándo ocurriría.
Diez heridos y tres muertos dejó el atentado del primer carro bomba en la historia de Colombia, a las afueras del Mónaco, que incluso estuvo a punto de dejar sorda a Manuela, la hija de Escobar.
Fue el 13 de enero de 1988, pero no sería el último. Este del Cartel de Cali terminó por desacomodar el “idilio” en el que suponía el narcotraficante vivía en medio de la alta sociedad.
Ese primer bombazo obligó a Congote y su esposo a abandonar su apartamento seis meses, mientras invertía casi la misma cantidad de dinero por la que lo había comprado para arreglar los daños. A Restrepo el atentado la sorprendió por fuera junto a su familia, pero cuando llegó a casa vio los vidrios incrustados, como espadas, en la cama de su hijo.
A partir de ese momento, con la salida del capo, su esposa e hijos del edificio, comenzó el proceso de extinción de dominio que, como dato curioso, emprendió el Estado contra Manuela Escobar Henao, quien ni siquiera en 1999, cuando el juzgado llegó a una decisión final, había cumplido aún los 18 años.
Todo el predio, de 4.602 metros cuadrados, quedó en manos del Consejo Nacional de Estupefacientes, que en 1989 lo entregó a la Asociación Cristiana de Asistencia y Rehabilitación, que no duró mucho tiempo allí y durante los años noventa el edificio fue destinado para las actividades de diversos inquilinos: compañías de salud, oficinas de abogados, empresas bananeras, marroquinerías, oficinas de publicidad, entre otros.
Luego de dos años en manos de Carisma, una organización dedicada a la rehabilitación de adictos, en 1999 el Mónaco se convierte en una de las sedes del CTI de la Fiscalía, pese a la férrea oposición de los residentes de las unidades cercanas, que veían como el peligro amenazaba con instalarse de nuevo cerca a sus hogares.
Así ocurrió en seis ocasiones, con un ataque que estremeció a los vecinos el 19 de febrero del 2000. Según el documento elaborado por la alcaldía y el Museo Casa de la Memoria, el edificio recibió disparos de fusil por parte de un grupo armado, que luego detonó 40 kilos de dinamita, rompiendo los cristales de las ventanas vecinas y la tranquilidad del barrio.
Con el atentado, la Fiscalía abandonó la propiedad. El Mónaco estuvo deshabitado hasta el 2008, cuando llegó la Policía Nacional. Aunque en esta ocasión, comenta Alberto Lopera, en 2015 la comunidad ganó ante el deseo de las autoridades de instalar allí la Dirección de Inteligencia Policial y el servicio del 123.
Lopera recuerda que en 2012 el edificio fue pintado y engalanado, pues allí se grabaron las escenas de una telenovela basada en la vida de Escobar. Por aquellas fechas, comenta, desde la ventana de su apartamento escuchaba al director cuando les gritaba a los actores que repitieran la escena porque no parecían antioqueños.
Aunque él no coincidió con el narcotraficante, fue entonces cuando pudo comprender la molestia de algunos de sus vecinos, pues para grabar la producción ponían música a todo volumen, detonaban pólvora y se escuchaban vítores al capo.
El último capítulo de este lugar, que ha sido saqueado hasta el cansancio en búsqueda de las supuestas guacas de Escobar, se conocerá este viernes. El Mónaco, un edificio que ya está agujerado y cargado de explosivos, dejará de ser real y quedará en las fotografías, en las páginas de la historia de Medellín porque con su demolición no borrará el pasado.