El viejo mantra en la política: el enemigo de mi enemigo es mi amigo, aplica para definir la relación de Occidente con el ruso Alexei Navalny. Opositor a Vladimir Putin, ha sido la cara que la Unión Europea y Estados Unidos han elegido defender como la representación de que hay alguien que se resiste al poder casi completo de Putin en Rusia. Navalny, pese a eso, está lejos de representar el ideal democrático que las potencias occidentales sueñan algún día gobierne en el Kremlin.
Alto, de ojos azules y voz profunda, este ruso de 44 años se ha convertido en una piedra en el zapato cada vez más molesta para Putin. Su condena a dos años y ocho meses en prisión, dictada por un tribunal de Moscú a inicios de febrero, despertó el rechazo unánime de la Unión Europea (UE) y Estados Unidos. Ambas potencias calificaron el fallo de “arbitrario e injusto” y exigieron a Rusia su liberación. El choque diplomático alcanzó matices oscuros cuando la UE y Rusia expulsaron mutuamente a diplomáticos.