Estación Espera, abarrotada de gente que mira el reloj, que busca lugares dónde fumar o relee el periódico, que mira a la carrilera y los semáforos que siguen en rojo, que leen un libro o se pasean por el muelle.
Mientras se espera suceden cosas y más ahora en Alemania cuando las inundaciones han retrasado muchos de los trenes que tienen que cruzar el río Elba, que viene de la República Checa y cruza en diagonal las tierras alemanas hasta Hamburgo.
Este río, al que muchos historiadores consideran como el sitio de inicio de la segunda guerra mundial (recuerdo un libro, Del Elba hasta el Vístula), ha puesto en peligro puentes y carrileras y los trenes modernos, de alta velocidad, se obligan a un paso de tren viejo, avanzando como si los empujaran mientras, en los vagones, los pasajeros hacen crucigramas o trabajan en las computadoras portátiles o leen algún libro gordo o comen o hablan, como escuché a dos mujeres viejas, de los días en que un tren se demoraba un día haciendo un viaje mediano.
En asuntos de la naturaleza, la ciencia puede hacer poco. Se saben las posibles causas y los efectos de los fenómenos, pero no hay cómo controlar lo que hace el clima y las corrientes de agua.
Como bien se explica en el libro El mundo sin nosotros, del periodista Alan Weisman, si nosotros desapareciéramos (al paso contaminador que vamos sucederá algún día), el elemento que destruirá todo lo que construimos será el agua. Y si bien el agua es vida, también es un fluido y una fuerza que permea todo y lo termina invadiendo.
Y cuando se sitúa en un territorio, a vaces no se va, como pasa con los lagos en Suiza o con los fiordos en los países nórdicos. El agua, el origen de todas las cosas, según Tales de Mileto y los evolucionistas, es bella y nutricia y tiene el poder de destruir cuando su naturaleza es afectada.
Desde el diluvio, hecho narrado en la Biblia, en los escritos sumerios y por Ovidio en Las metamorfosis, las aguas han buscado sus caminos naturales conformando humedales, ríos, lagos y mares.
Y hemos podido convivir con ella, aun en las tormentas más feroces, como lo hizo el capitán Ajab en Moby Dick.
Pero hoy, cuando la rentabilidad está por encima, las cosas, el paneta tierra (que es un ser vivo) está enfermo. Lo estamos matando nosotros, empecinados en retar las leyes naturales, en mentir científicamente para que las acusaciones de los defensores del ambiente no se oigan y en creer que la esquizofrenia y el deseo son superiores a la realidad que, en términos clásicos, es la real idea de las cosas (cómo las entendemos y aprendemos de ellas).
Nos inundamos con codicia, avaricia y gula. Y no vemos.
Acotación: En asuntos de desmesuras naturales ningún territorio o ciencia se libra. El marqués de Sade sostenía que la naturaleza era perversa, en especial cuando el hombre se dedica a lo antinatural. Y parece ser que nos hemos convertido en libertinos, en busca del deseo y el agotamiento.
Y lo hacemos en todos los campos.
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