Lo primero que habría que decir de Cortázar es que nunca fue tan joven como aparentó.
Algunos, incluso, señalan que se dejó crecer la barba que lo acompañó hasta su final del juego, ese 12 de febrero de 1984, para no parecer tan joven... y no lo logró, porque sus historias siempre tuvieron ese toque tan cronopio.
Su novela Rayuela, publicada en 1963, cuando tenía 49 años, supuso una ruptura en la forma de contar la novela... y de leerla, también. Una revolución que le abrió camino al boom, tan cercano a Cortázar y a la vez tan lejano.
Este argentino nacido en Bruselas fue un esteta que huyó de Buenos Aires para evitar la bulla de sus calles, pero que volvió su mirada, sus escritos y su voz con esa erre afrancesada, hacia Latinoamérica con textos tan políticos como poco conocidos, entre ellos, Nicaragua, tan violentamente dulce, por ejemplo.
¿En el olvido?
A finales de 2008, Antena 3 Internacional y la Organización Capital Americana de la Cultura, sometieron a votación los personajes más influyentes en la cultura latinoamericana. Cortázar ocupó un muy discreto (e injusto) puesto 41.
Para el periodista y escritor Daniel Samper Pizano la situación no es así.
"La obra de Julio Cortázar sigue vigente de varias maneras; una de ellas, indirecta, es la huella que dejó en las generaciones de escritores inmediatamente siguientes a la suya", opina.
Para el autor de Ursúa, William Ospina, Cortázar le dio aportes a la lengua no solo como creador, sino como traductor y como símbolo del intelectual latinoamericano.
"Fue alguien que logró al mismo tiempo fecundar la imaginación y animar los juegos con el lenguaje".
Claro, también hay voces críticas, como la de Alberto Salcedo Ramos: "suelen abrumarme sus juegos excesivos y su experimentación desmedida, que con frecuencia se me antoja gratuita".
Sin embargo, opina el periodista y escritor que es un escritor vigente, y que tiene, en particular, una gran comunión con los lectores jóvenes.
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