La victoria de Nicolás Maduro en las elecciones presidenciales de Venezuela no sorprendió a nadie. Era un éxito cantado por las falencias de una democracia con favoritismos y sin contrapesos deformada por 14 años de caudillismo. Sorprendió, sin embargo, la estrechez del resultado y la evaporación de casi medio millón de votos chavistas que esta vez le dieron la espalda al heredero impuesto.
Lo particular es que este será un triunfo para perder. El primer logro del chavismo sin Hugo Chávez se convertirá en el principio del fin del Socialismo del siglo XXI.
Porque a Venezuela se le vienen años oscuros y al incapaz de Maduro el desastre le explotará en sus manos en su primer mandato. El país es una burbuja a punto de estallar por problemas sociales, económicos y de inseguridad. Nada, ni nadie, puede detener el deterioro acelerado de un país manejado irresponsablemente durante una década y media, y el gobierno tendrá que afrontarlo solo, sin repartir responsabilidades.
Que Maduro haya ganado las elecciones es lo peor que le pudo pasar al chavismo. La oposición, desde la orilla de la derrota, verá poco a poco cómo un movimiento sin su líder carismático se resquebrajará entre acusaciones internas mientras en el transcurso de los seis años de mandato el PSUV se ramificará en varias tendencias.
En solo un mes de campaña Nicolás Maduro mostró la pobreza de sus argumentos y, peor aún, la falta de liderazgo. Si bien recibió un caudal de votos endosados por Chávez, le fue imposible calcar la fuerza del caudillo socialista. Heredó una popularidad momentánea que se diluirá con la llegada de la crisis económica y su falta de determinación. Dijo que era el hijo de Chávez y, como primogénito irresponsable, despilfarrará la herencia.
Por más intentos de vestirse y hablar como Chávez, de inyectar con realismo mágico sus discursos, Maduro fue visto como un mal remedo, incapaz de sostener la popularidad que lo arropó en medio de un duelo nacional aún tibio. La imagen del nuevo presidente de Venezuela no puede más que descender. No tiene ni las capacidades mentales ni la chequera para comprar los aplausos de la forma que lo hizo su antecesor y tendrá que lidiar con un cataclismo interno que, además, le limitará su influencia continental. Capriles se suicidó electoralmente al aceptar una lucha desigual, no contra Maduro, sino contra un cadáver. La oposición debe mantener la unión como la única forma para retomar al poder nacional en 2019.
El tren va hacia el abismo y el nuevo conductor no puede hacer nada para detenerlo. Decir que la dirección tomada está errada sería refutar los mandatos de su líder, entonces acelerará aún más. Intentará ocultar que el fin está cerca incluso cuando los vagones estén ya volando sobre el barranco.
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