Al llegar de la guardería o descolgarme mugriento del bus escolar, entre los cinco y los siete años, había tres cosas que extrañaba: pasar después del almuerzo a la casa de mis abuelos para echarme una siesta oyendo un programa de radio deportiva que ya no existe, mientras mi abuelo Gustavo me contaba historias de duendes y brujas, para luego cantarme canciones de cuna que nunca pude encontrar en las tiendas de discos. Él las inventaba.
A las cuatro de la tarde, mi abuela Ana llamaba al comedor a tomar chocolate y a comer pan de leche con mantequilla y queso. Era religiosa para servirnos y tenía aquella devoción tan cristiana de la caridad para un indigente que siempre estaba puntual en la puerta de la casa para recibir "su algo".
A las cinco de la tarde venía lo mejor de esa época de mi vida: salir a la calle y escalar el muro de un solar inmenso, contiguo a la casa de mis abuelos y a la mía. Allí había un pino viejo, desecado y romo. Talado muchos años antes, no tenía ramas, pero su tronco robusto y elevado seguía en pie.
Trepar a lo más alto de aquel árbol siempre fue un reto. Para subir, no había de dónde agarrarse, solo abrazarlo y poner los pies en los muñones de sus brazos cortados. Estar allá arriba, guardando equilibrio, parado o sentado, era el premio que me ensalzaba entre los chicos del barrio. Y allí se ampliaba mi horizonte y dominaba la ciudad, desde las torres de edificios del centro hasta las laderas del cerro Pandeazúcar. Ese árbol viejo y desbrozado atraviesa mis sentidos y hunde sus raíces en mi memoria. Lo recuerdo y podría decir, con sinceridad, que lo extraño y lo quiero.
Esta semana releía el discurso de José Saramago cuando recibió el premio Nobel de Literatura. Brota también un árbol en la memoria de este escritor sabio y brillante: "Y algunas veces, en las noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: ‘José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera’. Había otras dos higueras, pero aquella, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. (...) En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja (...) mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas (...)".
Hay quienes menosprecian la protesta de cientos de personas que no quieren que se tale un hermoso y singular túnel de árboles entre Envigado y Medellín. Son decenas de árboles viejos, aún en pie, que a aquella gente le refrescan recuerdos de voces y estrellas que no pueden dejar cortar.
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