La guerra llegó sin avisar. Hace un mes en Suárez (Cauca), un pueblo de novedades ausentes, el estruendo de disparos y el sonido inquietante desde helicópteros despertó el miedo de la población.
Hombres extraños empezaron a rondar las escasas calles del municipio invadidas antes por vendedores de productos agrícolas. Hombres -cuentan- disfrazados de civiles, pero que apuntaban con la mirada.
Entonces, el rumor parecía ser cierto. La zozobra venía del brazo del máximo jefe de las Farc. "Alfonso Cano" había elegido a Suárez como su refugio. El pueblo estaba a unos cuantos kilómetros de uno de los hombres más buscados del mundo.
Un fantasma
Dos días después de que las Fuerzas Militares dieran de baja en esta zona a "Cano", don Arturo dice sentir un alivio. Cómo no. Su negocio está cerca a la estación de la Policía: el blanco más apetecido por la guerrilla.
El hombre de pelo blanco descarga las manos en una vitrina. Confiesa que "Cano" era invisible, pero desde hace unas semanas su presencia se sentía como un fantasma que vigilaba a todo el pueblo.
El primer susto sucedió a finales de septiembre cuando guerrilleros hostigaron la base militar de La Salvajina, a unos cuantos kilómetros de Suárez, y asesinaron a un soldado.
El pueblo que antes sólo era noticia por la minería ilegal o la presencia de turistas que visitaban la zona antes de llegar el embalse, se convirtió en el nuevo corazón de la guerra. Los ataques insurgentes obligaron el desplazamiento de unas 400 personas de la zona rural.
"No estábamos preparados", confiesa el secretario de Gobierno, Geiber Trujillo. Recuerda que el rumor de la llegada del jefe de las Farc no sólo desató desplazamientos. Los habitantes del casco urbano también tomaron medidas. "A las 6:00 de la tarde todas las personas se metían en sus casas o se iban a dormir a otros municipios por temor".
Los policías no fueron inmunes a la incertidumbre. Uno de ellos relata que la tranquilidad del pueblo se esfumó y el temor de un ataque era el tema de conversación en la plaza de mercado, la iglesia, la Alcaldía...
Tensa calma
Son las 7:00 de la mañana del sábado 5 de noviembre y Suárez luce una aparente calma. Los vendedores de mercado descargan sus productos de las chivas y las señoras de los buñuelos y arepas empiezan a hacer sus primeras ventas.
A simple vista, pareciera no ser el pueblo donde horas antes fue abatido el máximo jefe de las Farc. Los habitantes sólo cuentan haber visto la noticia de su muerte, pero sus rostros permanecen inmóviles, cuidadosos de revelar cualquier expresión frente al hecho. "¿Qué le puedo decir? Lo mataron y ya. La guerrilla sigue y nosotros también seguimos aquí".
Pero el día anterior sí fue anormal. Y esa calma que el pueblo intenta mantener se desvaneció con la llegada de cada helicóptero que sobrevoló la zona una y otra vez.
Un hombre que hace 40 años vive en Suárez recuerda que nunca vio algo parecido. Desde las 6:30 de la mañana hasta las 11:00 de la noche del viernes logró contar 22 helicópteros en el cielo gris de su pueblo. "Parecía un desfile. Sabíamos que algo grande estaba pasando, pero no tanto".
En las escuelas veredales los alumnos no asistieron a clases por la curiosidad de seguir el destino de aquellos pájaros metálicos que advirtieron en las noticias.
La incertidumbre se mantuvo hasta la noche cuando el presidente Juan Manuel Santos dio el anuncio que paralizó al país: "alias 'Alfonso Cano' ha muerto".
Trujillo dice que en el casco urbano no hubo desplazamientos ni la población entró en pánico. Pero el nerviosismo se mantiene y el silencio y la tensa calma que se respira así lo demuestran.
Patricia, una mujer de 50 años, de las pocas que se atreve a dar una opinión, cuenta que la venganza es la preocupación. "Cuando suceden estos golpes, la guerrilla se desquita con el pueblo. Ahora estamos asustados. Así nadie diga nada, hay temor que nos lancen explosivos o se metan al pueblo".
La espera parece eterna. Suárez despertó con el alivio de saber que el máximo jefe de las Farc, quien se había convertido en un huésped indeseado, fue dado de baja. Pero la población dice no estar tranquila. Temen que la guerra regrese otra vez sin avisar.
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