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SOBRE NIÑOS, MÚSICA Y SENTIMIENTOS

  • JOSÉ GUILLERMO ÁNGEL | JOSÉ GUILLERMO ÁNGEL
    JOSÉ GUILLERMO ÁNGEL | JOSÉ GUILLERMO ÁNGEL
11 de mayo de 2012
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Estación de La Tierra del Nunca Jamás, donde el transporte lo toman Peter Pan, el capitán Garfio, Campanita y una buena tripulación de marineros gordos y cocodrilos rabiosos que vuelan por sobre el arco iris y se deslizan en los vientos, navegan por mares que cambian de colores y se abren y se cierran como si fueran una almeja que bosteza.

Todo convertido en fantasía, imaginación y sensibilidad, asuntos que no venden en las grandes superficies y menos se logran por decreto.

Esto lo descubrió en 1904 James Matthiew Barrie , un comediante inglés que tenía claro que un niño no era un saco para llenar de datos (leer, sumar, escribir sin tener qué decir) sino un ser que se hacía humano y por eso debía ser querido, sensibilizado en el canto y el movimiento y puesto a imaginar oyendo música bonita e historias donde se vieran incluido.

Un niño es una persona sobre la que hay grandes esperanzas, como en la novela de Charles Dickens , y es lo que hagamos de él. El sentido más estimulante es el oído, pues a través de él imaginamos y transformamos la realidad. O la entendemos en su forma más bella, que es el sonido, que habla careciendo de palabras y muestra imágenes que se ven con los ojos cerrados.

Y ese sonido configura la memoria más larga de todas y la última en desaparecer. De aquí que los niños sean en sus primeros sonidos, los que oyen en las nanas (de las que se preocupó mucho Federico García Lorcay María Helena Walsh , la escritora argentina), en las canciones infantiles y en la música de calidad que escuchen, que es esa en la que diferencian sonidos y entienden sobre las posibilidades sonoras de un instrumento (la música clásica, por antonomasia). Y de eso que oyen, adquieren sensibilidad, que es la base de la inteligencia creativa y emocional.

Baruj Spinoza escribió una gramática hebrea, no para aprender a escribir sino para saber pronunciar los sonidos de las letras y las sílabas, según sus acentos y movimientos dentro de la boca.

Johan Heinrich Pestalozzi, el educador suizo, incluyó la música delicada entre la educación básica, pues los niños que la cantaban y danzaban entendían los ritmos de la naturaleza. Y Erich Fromm , el controvertido psicoanalista, escribió El arte de escuchar, que es el inicio del arte de amar, en tanto que nos iniciamos en querer lo bello. Pero ¿qué sucede cuando los niños no aprenden a escuchar palabras ni música ordenada sino palabrotas y ruidos sin dirección? Pronuncian mal, oyen mal y entienden mal. Y la civilización no les llega. Y si bien la cultura no hace bueno a nadie, cambiar de música sí.

Acotación: Hay unas mujeres a las que quiero mucho, a las Zuluagas de Musicreando. Y una de ellas, Lina, me decía en estos días: estamos enseñando a los niños a que canten sus canciones y a que escuchen música clásica, intercalada, para que la identifiquen y no la olviden.

La belleza persiste si tiene dónde apoyarse, le dije.

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