¿Qué nos une? ¿Qué pegamento puede llamarse patria entre nosotros? ¿Cuáles rasgos nos hacen irrepetibles sobre el planeta? No en vano han transcurrido doscientos años largos dentro de fronteras marcadas por el mismo nombre de Colombia, bajo el cual se resguardan estos millones que hoy son pueblo feraz y feroz.
Ante todo nos identifica la incredulidad por lo público. Somos gentes que no dan un peso por los políticos, a no ser que se lucren de ellos de modo mezquino. El Estado no ha administrado para todos, sino ha sido ponqué del que por turnos han mordido algunos oportunistas. Engaño tras engaño, se ha forjado un modo de ser, una naturalidad callejera de sálvese quien pueda.
En Colombia no se vota por alguien sino para salvarse de alguien. Aquí se sobrevive a la enemiga, se guapea, se camina mirando para atrás porque nunca se sabe. Pocos lapsos durante los que algún alcalde lúcido y extraterrestre demuestra que sí es posible gobernar para que los ciudadanos sientan amor por su tierra, son saboteados rapidito por sucesores de uñas largas y de idénticas ideologías adversarias.
Sobrevivientes de papeleo kafkiano, corrupción en debidas proporciones y desprecio sonriente desde las dinastías del poder, los colombianos se identifican por su amor a la familia. Madre, hijos, amigos elegidos, son sangres por quienes se da la vida. Narcotraficantes, sicarios, guerrilleros, bandidos, pordioseros, ladrones de cuello blanco, deportistas, todos se desviven por la viejita, se mueren por que los niños no repitan sus infiernos, se emborrachan con la tristeza del amigo de siempre.
La naturaleza, tierra caliente, perros, gatos, flores, montañas, ríos, pueblos, el entorno fecundo que se nos dio como casa, son nostalgia vitalicia que tortura al colombiano cuando se demora en viajes largos. Un suelo sin aridez y sin estaciones, repleto de verde, cuajado de frutas y jugos de frutas, raspado y aplastado apenas recientemente por ganaderos y minería, es escenario incrustado en lo intimo de la conciencia.
Y claro, el rebusque, la demoniaca manera de siempre conseguir para carbohidratos y alcohol, el semáforo instantáneo donde jugarse entre brincos la subsistencia, el canto, el idioma de encantador de culebras. Este pueblo se reconoce por el trabajo en sesgo, gracias al cual se desperdician tantos talentos y se llenan tantos estómagos.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8