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Rebusque de balones en el río, qué oficio tan raro

04 de abril de 2009
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¡Qué paradoja! Mientras que en estos días de invierno muchos habitantes del Valle de Aburrá tiemblan y le suplican a Dios para que cesen las lluvias, John Fóster, Edward y El Costeño, le imploran al cielo que el aguacero sea tan vigoroso que permita aumentar el caudal del río Medellín, donde "pescan" balones.

Y, aunque no son meteorólogos, estos hombres viven atentos de las nubes.

Al menor indicio de un chubasco, sin importar que sea de día o de noche, se ubican en la "cascada", costado oriental del río, en los bajos del puente Horacio Toro Ochoa.

Preparan varias cuerdas y un flotador y pegan sus ojos al caudal, color café oscuro, espumoso, mal oliente y lleno de basura.

En más de tres años de estar haciendo lo mismo, ya le conocen los caprichos a la "cascada".

Saben que todo objeto que flota sobre el río, la fuerte corriente lo lleva al costado occidental, que da a la autopista Sur, lo revuelca como si fuera una licuadora en el centro y luego, lo lanza con suavidad hacia la orilla oriental, donde otro remolino, menos fuerte, lo detiene unos minutos, en medio de una especie de enjuague de jabón.

Ese es el momento que aprovechan estos hombres, pescadores en un río muerto, que gracias a las copiosas lluvias de abril arrastra, no se sabe de dónde, pelotas y balones de fútbol, micro y baloncesto.

Edward, un joven, de tez negra, con físico de jugador de baloncesto y cuerpo menudo, se amarra una cuerda que la pasa con agilidad por la cintura y la ingle, para luego atarla de un poste del cerco de la ribera del río.

Para mayor seguridad se ata otras dos sogas que desde las orillas las sostienen John Fóster, el más veterano del grupo, y El Costeño.

Edward, quien llegó a Medellín hace cuatro años, procedente de Buenaventura, Valle, reconoce que lanzarse a las aguas crecidas del río es desafiar a la muerte, porque en ese sitio tiene más de cuatro metros de profundidad y cárcavas, que el 5 de junio de 2004 se tragaron a Carlos Aguirre, bombero de Medellín, experto en buceo. "Después de amarrarme y ponerme el flotador en la espalda, me encomiendo al Señor y me tiro en medio de la creciente", dice y se ríe mostrando sus dientes grandes y muy blancos.

"Abril es un mes de subienda para nosotros, porque las lluvias arrastran muchos balones y pelotas", asegura John Fóster.

"Nosotros, con El Costeño, que no está hoy, vivimos de los balones y de lo que sacamos del río. No nos quedamos con ningún balón porque la clientela es buena", asegura.

"Cuando no llueve, agrega, también trabajamos, porque el río siempre baja con algo. Hemos sacado pipas de gas, motores, rines y hasta una billetera con cuatro dólares".

Si en medio de un aguacero la pelota con la que juega se la lleva un arroyo, no dude en ir a la "cascada", frente a La Minorista, allí los pescadores de balones se la pueden recuperar.

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