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PASAPORTE PARA PIMLICO

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30 de septiembre de 2013
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En los jardines de Miramont, en el londinense barrio de Pimlico, unos niños corretean tras un enorme neumático. Cuando este cae a un hoyo, provocado por una bomba de la Segunda Guerra Mundial, los chavales descubren un cofre escondido perteneciente a un antiguo noble que allí vivía. El tesoro, rebosante de antiguas monedas y joyas, contiene una sorpresa aún mayor: unos documentos que demuestran que esa zona no forma parte de Inglaterra. Pimlico, un pequeño barrio de Londres, es un país independiente del resto de la ciudad. La profesora Hatton-Jones corrobora que el legajo es una carta real por la que Eduardo IV cede esas tierras a Carlos VII (el último duque de Borgoña). Como el título nunca ha sido revocado, Pimlico es parte de Borgoña y sus habitantes, extranjeros en su propia patria.

Esta desternillante comedia británica, filmada en 1949 en los míticos Ealing Studios, es el mejor ejemplo que se me ocurre para destapar las vergüenzas de los nacionalismos de cualquier signo, esos que últimamente abundan por Europa.

Tras el descubrimiento, en el independiente Pimlico se suceden una serie de incidentes a cada cual más hilarante. Al ser considerado otro país, los comerciantes pueden vender sus productos sin los límites de las cartillas de racionamiento (recordemos que estamos en la postguerra), pero eso acaba provocando que el barrio se infeste de comerciantes y de londinenses que acuden allá a hacer sus compras.

Pimlico florece al margen de las restricciones de Londres. Alarmadas, las autoridades británicas reaccionan cerrando las fronteras con alambradas y restringiendo el paso a los vecinos provocando incidentes absurdos como la respuesta de un policía inglés a una vecina cuando esta le echa en cara que le pida al pasaporte para cruzar una calle. "No se enfade señora, yo no tengo la culpa de que usted decida hacer la compra en el extranjero", replica.

Los vecinos contraatacan irrumpiendo en el metro y pidiendo los pasaportes para poder atravesar el país. Finalmente, el gobierno inglés, cansado de negociar en vano, les corta el suministro de agua confiando que así se rendirán, pero los "borgoñeses" no dudan en atravesar la frontera y volver a abrir la llave de paso del agua.

La situación recuerda al Berlín de la posguerra y nos muestra cómo las ideas más absurdas pueden prosperar en este mundo nuestro.

Algo parecido ocurre ahora en dos regiones europeas. Los gobiernos de Cataluña y Escocia preparan dos referendos para decidir si esos territorios se separan de España y de Reino Unido.

Lo malo que tienen los nacionalismos es que son excluyentes. Subrayan las diferencias por encima de las similitudes. Y en los casos que nos ocupan las diferencias son tan mínimas que rayan en lo cómico. Como todos ustedes saben, los escoceses hablan mayoritariamente en inglés y son clavaditos a sus vecinos del sur, a excepción de algunas pecas de más en sus rostros, mientras que en Cataluña se habla indistintamente el español y el catalán, un dialecto tan similar al castellano que puede aprenderse en un fin de semana. Las tradiciones escocesas y catalanas son las mismas al 90% que las del resto de Gran Bretaña y España, respectivamente, así que todo queda reducido a una cuestión económica. Los secesionistas no buscan otra cosa que administrar sus propios recursos sin compartirlos con sus vecinos de siempre. Una muestra de insolidaridad como otra cualquiera. Pero como todo el mundo tiene derecho a decidir, las escocesas islas de Skye y las Hébridas ya han advertido que se desligarán de Escocia (argumentando su pasado vikingo) si triunfa la secesión mientras que el pirenaico Valle de Arán hará lo propio de una supuesta Cataluña independiente. Y así hasta que las fronteras partan en mil pedazos las calles de Barcelona o Edimburgo, pues todo el mundo tiene derecho a ser independiente.

Los hombres somos genéticamente iguales al 99,9%, pero hay quien pretende vendernos lo contrario. Sueñan con un mundo lleno de fronteras. Yo no. Quiero vagar libre. Sin pasaportes.

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