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País de filicidas y parricidas

02 de octubre de 2008
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El padre cayó vencido por los efectos del basuco y del alcohol. Mientras dormía en aquella habitación de un inquilinato del barrio Niquitao, su hijo de cinco años se acercó a la cama y le propinó un par de puñaladas que lo dejaron herido de muerte. Agonizó por algo más de tres semanas en un hospital público de la ciudad, hasta que falleció.

Esa historia la conocí quince años atrás. Escribía una serie de crónicas sobre aquel barrio de camajanes e indigentes, cuando un joven líder comunitario me compartió ese relato inimaginable.

Quise buscar a la familia del niño para tratar de entender las razones que habían causado esa tragedia, que era la tragedia de toda mi ciudad y mi país. ¿Cómo diablos un pequeño que apenas si sabía hablar le había atravesado el abdomen y los pulmones a su padre con un cuchillo de cocina?

Era un niño hijo de la descomposición surgida de la colada de pobreza, marginalidad y drogas de aquel barrio azaroso y áspero: Niquitao.

El padre solía llegar borracho y drogado al cuartucho y agarraba a golpes a la madre del pequeño. Y esos golpes eran aún más violentos cuando ella y el niño, mendigando en la calle, no conseguían el dinero suficiente para que el padre calmara su ansiedad desbordada de narcóticos.

Me relataron que el niño le pidió y le advirtió muchas veces a su padre: "no e'pegue a mi mamá, no e'pegue". Pero esa noche vino la paliza de costumbre y el pequeño descargó su instinto y su rabia acumulada ante aquella violencia repetida. ¡Se convirtió en parricida a los cinco años! Su madre y él abandonaron el barrio y no pude seguirles el rastro.

Ahora, tantos años después, este país que no deja de asombrarnos y cuyas perversiones parecen no tener fondo, nos convierte en espectadores de otro episodio tan indignante como revelador de nuestra putrefacción social.

Un hombre de 50 años contrata y ordena el asesinato de su hijo de 11 meses. Un filicida que incluso es capaz de hablar ante las cámaras de TV y fingir angustia por la suerte del pequeño, que ya está metido en un costal, en cualquier recodo de vereda.

Este panorama de descomposición lo completa, ahora mismo, la noticia del periódico popular Q'hubo: el martes pasado, los alumnos de un colegio jugaban fútbol con una bolsa negra que apareció en el patio de recreo. Cuando la bolsa se rompió descubrieron en ella un feto de entre tres y cuatro meses.

Hay quienes creen que este país y esta ciudad están cerca de la modernidad y del progreso porque florecen algunos negocios particulares y porque se puede viajar por tierra. Pero la realidad nos revela otra cosa: que hay demasiada pus hinchando silenciosamente sus tejidos más débiles y que su cuerpo social está bastante enfermo.

Hace diez años hablaba con un instructor israelí que conocí en un curso sobre periodismo y conflicto. Me asombraba ver que cada cosa estaba hecha a la medida de los niños. Los parques, los autobuses, las normas, las calles... todo. Y Yuval respondió a mi inquietud con pasmosa sencillez: "si no protegemos a los pequeños, esta nación jamás será grande". La nuestra, con tantas aberraciones contra los niños más pobres, resulta menos que enana. Despreciable.

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