Ojalá no dure lo que una golosina en la puerta de una escuela el matrimonio por conveniencia, celebrado entre los presidentes Santos y Chávez.
El desabastecimiento de alimentos en Venezuela -hecho que podría propiciarle una derrota electoral a Chávez- y la insularidad política en que se estaba quedando Colombia en el área suramericana, fueron quizá parte de las razones que habrían apresurado la reanudación de las relaciones diplomáticas entre los mandatarios. Ambos representantes de dos naciones que cumplen ahora el bicentenario de más disputas que de coincidencias.
Dudamos que el destino quiera mantener con vigencia las frases almibaradas de Chávez sobre su hermandad con Colombia. Recelamos que la palabra de Chávez sea moneda de buena ley. Él acostumbra, con sus marrullas, romper con gran facilidad toda luna de miel con los mandatarios colombianos. Es un hombre oscilante, bipolar, que pasa rápidamente del afecto a la animadversión y de ésta regresa a la zalema.
Dudamos de su palabra y de sus actos de contrición. Duran poco sus rectificaciones y exámenes de conciencia. Tiene claro sí, su experimento revolucionario, así no esté arrojando los resultados perseguidos a favor de la equidad social de los venezolanos. Su socialismo bolivariano es febril y ha querido imponerlo en las naciones más pobres e inestables de América, a través de los petrodólares que saca de sus alforjas.
Chávez sigue a pie juntillas aquel consejo de Maquiavelo -para justificar sus audacias izquierdistas con violaciones a las soberanías- de que todo príncipe "debe aprender a ser bueno y a no serlo, según las circunstancias, pero siempre aparentar serlo".
Este consejo, practicado con rigor maniqueísta, ha marcado sus relaciones con el gobierno colombiano. Lo sigue al pie de la letra. Inclusive lo lleva más allá de los alcances pragmáticos de Maquiavelo. Supera a su maestro florentino en el arte del disimulo, elemento que mueve aquella condición humana veleidosa, variable y contradictoria.
Chávez le dio la mano a Santos en la Quinta de San Pedro Alejandrino, su templo, para acerar su fundamentalismo bolivariano. Allí demostró su astucia para conmover a parte de su auditorio. Sagaz e ingenioso, estuvo a punto de levitar, arrobado por su convencimiento de querer ser un nuevo libertador.
No faltó a quien se le aguaran los ojos de felicidad al sentirse transportado al coro de querubines chavistas. Detrás del busto de Bolívar, que contemplaba toda la fanfarria, un espíritu burlón se reía y se reía?
Se hubiera querido Nicolás de Maquiavelo un alumno tan adelantado como Chávez. Sigue al pie de la letra aquel consejo del italiano de que "cuando el hecho lo acuse, el resultado lo excuse".
Las coordenadas que comprueban la presencia de la insurgencia en territorio venezolano -documentos exhibidos por Colombia ante la OEA, como cabeza de proceso para iniciar un juicio internacional- parecen haber sido borradas de un plumazo.
El comandante vecino, con sus palabras en Santa Marta, escurrió el bulto de su responsabilidad a través de las ironías y las lisonjas. Bolívar desde lo alto contemplaba a un maestro del fingimiento.
Ojalá que el acto de San Pedro Alejandrino no sea una farsa más en la ya larga vida teatral de Chávez.
¿Estaremos acaso -como decía alguien- ante una reedición de los extravagantes acercamientos que anteceden a las rupturas traumáticas?
Tenemos derecho a dudar de que la pipa de la paz seguirá fumándose sin interrupción alguna.
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