Los resultados de las encuestas empresariales revelados esta semana por la Andi y Fedesarrollo son preocupantes. No es sano para la economía y la inversión que se hayan modificado de una manera tan drástica las expectativas sobre el consumo y mucho menos sano es que los empresarios estén observando un freno tan drástico en la demanda.
La responsabilidad se la están imputando al Banco de la República, a quien el presidente de la Andi le reclamó que se le fue la mano en el apretón monetario con las tasas de interés. El hecho es que el alza en el costo del crédito para las familias afectó su consumo, pero, sobre todo, su confianza en el futuro y voluntad para mantener su nivel de demanda.
Pero las responsabilidades son más amplias y es inadecuado reclamarle al Emisor cuando el problema es más delicado. El sector financiero convirtió un alza de 3,25 puntos en tasas de interés de intervención del Banco Central, en aumentos al menos cuatro veces superiores. En el caso de la vivienda los intereses pasaron de 12 por ciento anual efectivo a más del 22 por ciento. Los créditos de consumo pasaron de tasas de 16 por ciento a tasas de hasta 30 por ciento. Es claro que las familias han tenido que pagar más por sus créditos. Su capacidad y seguridad para comprar bienes durables y de consumo se afectó de manera considerable.
Seguramente la dirigente del gremio, María Mercedes Cuéllar, volverá a decir que las tasas promedio han aumentado mucho menos. Cuando mostraba los datos para el año anterior sostenía que las tasas habían aumentado en promedio menos del 5 por ciento. El promedio, que incluye las tasas para los clientes preferenciales, no muestra la realidad que tiene que enfrentar la gran mayoría de los empresarios y todos los consumidores que no pueden poner a los bancos a competir con la opción de la gran empresa de emitir bonos para financiarse barato.
En Colombia pagamos intereses comparativamente altos y los márgenes de intermediación son superiores a los datos observados en las economías de ingreso medio y desarrolladas. Nuestra banca todavía es ineficiente y sigue teniendo una muy baja penetración. También aducirán los bancos que las cargas regulatorias, como los encajes que aumentaron el año anterior, las reservas y las inversiones forzosas los afectan en su operación. En esto tienen razón y el Gobierno tiene además de esa muchas más tareas pendientes.
El Gobierno no quiso hacer un esfuerzo para reducir el gasto y reducir su déficit fiscal. Ni siquiera con alertas de una desaceleración de la economía y con la necesidad de generar excedentes para actuar contra la revaluación toma conciencia. Por el contrario, anuncia reducciones para vigencias futuras que ya habían sido duramente criticadas por tener una expansión excesiva del gasto. Ahora se enfrenta el grave riesgo de que el déficit se expanda vía reducción del recaudo tributario a partir de este año.
En múltiples ocasiones se ha solicitado al Gobierno mayor compromiso, coordinación y enfoque para la reducción de la inflación. El hecho de tener el aumento de los intereses como agenda única contra las expectativas de aumento de la inflación es más responsabilidad del Ejecutivo por omisión que del banco por gestión.
Ante la desaceleración del crecimiento, al Gobierno le llegó la hora de tener política económica y de crecimiento económico juiciosos y proyectados al largo plazo. No solo de seguridad se alimenta el crecimiento.