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Detrás del mostrador

07 de junio de 2008
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Décimo domingo ordinario:

"Vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió". San Mateo, cap. 9.

El relato sobre la vocación de Mateo es muy breve en los tres primeros evangelistas. San Juan por su parte, lo ignora. Pero lo importante es la enseñanza que Jesús nos da entonces: "No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores". Hasta ese momento el Maestro había invitado a su grupo a pescadores del lago, a campesinos de Galilea. Aquel día llama a formar parte de Los Doce a un publicano. Hombre de cierto nivel social y económico, pues recaudaba los impuestos en favor del imperio. Tarea por lo demás odiosa para todo judío auténtico. Esto ocurrió en Cafarnaum, ciudad a la orilla del Tiberíades, paso obligado de las caravanas y además centro comercial del contorno.

Ya a finales del siglo I, la tradición cristiana aseguraba que Mateo era el autor de un evangelio escrito en griego. Pero luego la historia de este discípulo se pierde en la penumbra. Algunos afirman que cuando los apóstoles abandonaron Jerusalén, él predicó al norte de Etiopía, donde fue asesinado. Un acontecimiento que el pintor Caravaggio inmortalizaría sobre el lienzo.

San Mateo no hace ningún protagonismo en su relato. Lo exterior fue tan simple: Mientras estaba detrás del mostrador de los impuestos, Jesús pasa, lo invita y él lo sigue. Lo interior consistió en una transformación, imposible de traducir en palabras.
Del costado más lóbrego del pueblo judío, aquel hombre se ve trasladado al grupo de los escogidos por el Señor. Raíz y cimiento del nuevo Pueblo de Dios.

Todo termina, como la mayoría de las conversiones que relata el Evangelio, en un banquete. Aquella tarde, cuando "muchos publicanos y pecadores se sentaron a la mesa con Jesús y sus discípulos".

Comer juntos tenía entre los judíos un sentido religioso y político a la vez. Mientras la ley indicaba severamente con quiénes no era lícito compartir la mesa: Publicanos y pecadores en razón de su conducta perversa. Enfermos y lisiados, cuyas dolencias eran consideradas en la mayoría de los casos, un castigo de Dios.

Pero aquí tenemos a un rabino, joven además, pues apenas tendría treinta años, que se salta muchos preceptos tradicionales. Porque Jesús era un maestro de otro estilo. Buscaba ante todo la integración de todos los hijos de Dios dentro del mismo amor del Padre de los Cielos.

Vemos también que Mateo no se escondió detrás del mostrador de su negocio, de su estatus económico, o de su condición de pecador. Se dejó encontrar por el Señor, con las positivas consecuencias que esto nos trae. Y dicen los maestros de vida cristiana que, con mucha frecuencia, la más profunda experiencia de Dios se encuentra detrás de un pecado.

Cuando tocamos fondo en nuestras fallas o en nuestros dolores, descubrimos entonces el amor infinito de Dios que sana y que salva.
Vale entonces junto a la historia de Mateo, repasar aquella parábola del Padre Misericordioso: "Un hombre tenía dos hijos y el menor de ellos"… Ese que nos representa a muchos de nosotros: Emigró a un país lejano y gastó toda su herencia viviendo perdidamente.

Es un hecho: Dios se hizo hombre, no para "llamar a los justos sino a los pecadores".

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