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Apuntes sobre competitividad y revaluación

13 de junio de 2008
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Hace unas cuantas columnas (en enero 12)  dijimos y recomendamos en este espacio varias cosas que a la postre resultarían acertadas. Una de ellas fue recomendar que bajo ninguna circunstancia se debiera comprar dólares pensando en que subirían, pues creíamos que seguiría a la baja.

Hoy los analistas se rasgan las vestiduras y se preguntan qué pasa con el dólar, el Gobierno convulsiona y no sabe ya qué hacer, aparte de inútiles medidas administrativas (restricciones a la entrada de capitales) para solucionar problemas estrictamente económicos.

Los exportadores siguen pensando que competitividad se origina en un dólar barato, pues prefieren vender poquito pero caro, en lugar  de ser verdaderamente competitivos y producir más para compensar la caída en el precio de sus productos en el exterior. Los  ministros Zuluaga y Arias se van lanza en ristre contra el Banco de la República, pero no se les ocurre pensar que el ajuste fiscal podría contribuir a aliviar  las presiones inflacionarias y la revaluación, ambos imposibles de controlar totalmente (son fenómenos monetarios globales).

Los analistas, algunos muy ingenuos, creen que el dólar subirá dentro de poco e incluso que en este momento deberíamos comprar dólares  (sugieren 5 o 10 por ciento de los ahorros, lo que indica pesimismo). Otros más sensatos han sugerido la posibilidad de permitir la apertura de cuentas en dólares. Incluso, los redactores-analistas económicos de la revista Dinero en su penúltima edición se hacen la pregunta, por demás ingenua, de hasta cuándo el sector privado pagará los costos del ajuste, cuando es la industria privada la que debe hacer el esfuerzo por reconvertirse e intentar ser competitivos vía productividad y eficiencia y no depender del dólar caro.

Dos cosas frente al asunto del dólar. La primera es muy simple, el mercado cambiario debe mantenerse libre, sin intervención del Banco de la República y menos con medidas indirectas de restricciones al ingreso de capital, o por lo menos no intentar medidas inútiles mientras la FED mantenga las tasas en 2 por ciento y en Colombia estén en 9,75 por ciento.

Segundo, debemos acostumbrarnos a un dólar barato, quizá suba, pero no a los 2.000 o 2.200 pesos, a lo que nos tenía acostumbrado el mercado. De modo que pensar en comprar barato para luego vender caro no producirá ganancias (cuando no pérdidas). Esto sería pertinente si el dólar tuviera caídas abruptas del orden de 40 o 60 pesos en una jornada de negociación, pero no ha sido el caso, la devaluación ha sido gradual desde 2004, basta ver las series de datos diarios (disponibles en la web de varios bancos), en algunos días (muy pocos) ha dado sorpresitas de incrementos de 7 u 8 pesos, pero no más, en general la tendencia es decreciente y nada en los datos pasados y en el  mercado mundial indica que esto vaya a mejorar.

José Antonio Ocampo (ex Cepal y hoy en Columbia University) ha dicho que hay que ponerle piso al dólar, eso no es bueno, pues es trasladar un subsidio soterrado para favorecer empresas o sectores poco eficientes.

Finalmente, hay que recordar que el dólar barato refleja un fenómeno mundial, pero también revela que nuestra industria no es productiva (el origen de la verdadera competitividad) y lo peor: revela que nuestra industria no está capacitada para enfrentar los ajustes necesarios en un contexto irreversiblemente globalizado.

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