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OÍR A LOS BEATLES ERA PECADO HACE 50 AÑOS

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09 de febrero de 2014
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El 9 de febrero de 1964, cuando los Beatles se presentaron por primera vez en Nueva York en el Show de Ed Sullivan, el entusiasmo de millones de espectadores estadinenses fue delirante. La beatlemanía se consolidaba en Estados Unidos y el cuarteto británico de Lennon, McCartney, Harrison y Starr partía en dos la historia de la música popular en Norteamérica. Pero la mentalidad cerrada y absolutista de muchos jóvenes dirigentes estudiantiles de nuestro país no podía aceptar esa "nueva expresión del colonialismo cultural " cantada en el idioma inglés que tanta repulsa causaba por aquel entonces en varias universidades públicas.

Oír a los Beatles fue durante algunos años una suerte de pecado para los fanáticos de la pura doctrina marxista-leninista, inteligentísimos para elaborar discursos de sugestiva retórica y buena calidad dialéctica, pero insensatos para valorar la pluralidad de las corrientes culturales que volteaban el mundo. Algunos de ellos no creían en Dios ni en el diablo, pero deificaban a Lenin y Mao y satanizaban todo aquello que representara las sociedades anglófonas. Sé que hoy en día no pocos de aquellos compañeros extremistas reconocen su miopía histórica y el daño que pudieron inferirle a una generación que tenía derecho a captar y apreciar la riqueza y el dinamismo de las culturas más diversas y no someterse a la rigidez alienante de ninguna ideología.

De los Beatles que llegaron a Nueva York el 7 de febrero de hace medio siglo y fueron ovacionados por miles de amigos en el aeropuerto Kennedy, que dos días después actuaron en la televisión y luego en el Carnegie Hall, teníamos noticias y sonidos por canciones memorables como Submarino amarillo y Yesterday. Y pese a que hoy se les cataloga como exponentes de los ideales progresistas de los sesentas, porque les ponían un fondo rítmico y armonioso a las transformaciones verificadas en aquel decenio luminoso, aquí, en esta esquina de América y en el resto del Continente había que oponer la canción protesta, la cantata iberoamericana y hacer sonar a Mercedes Sosa, Horacio Guaraní, Yupanqui, los Parra y demás voceros de un fuerte movimiento de identidad propia, geniales por cierto, pero que no tenían por qué asordinar las demás manifestaciones musicales del globo terráqueo, ni mucho menos condenarlas como demostraciones del imperialismo.

De aquella cerrazón intelectual quedan vestigios. Los detecto en los brotes de sectarismo e intolerancia que han venido emergiendo a medida que se acentúan las campañas electorales. Reviven instintos primitivos y despóticos repetidos por centurias y milenios y parecidos a los que irrumpían en los sesentas. Así como hoy parece prohibido disentir, quebrantar solidaridades mecánicas y de conveniencia, apartarse del mandato inapelable de los progres, hace cincuenta años aquí también era pecado oír a los Beatles.

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