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Nuestro querido supervillano

  • Humberto Montero | Humberto Montero
    Humberto Montero | Humberto Montero
29 de agosto de 2011
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Nunca he comido con Gadafi. Sarkozy, sí. El presidente francés recibió al dictador libio -un tirano nunca deja de serlo hasta su muerte- en El Elíseo, el 10 de diciembre de 2007. Antes de ayer, como quien dice. Hay fotos que lo demuestran.

Durante su visita oficial de siete días a Francia, Gadafi repartió contratos a diestra y siniestra sin que nadie del gabinete presidencial osara deslizar un mínimo comentario sobre la escasa catadura moral del huésped.

Dos días después, Sarkozy -quien más empeño ha puesto en acabar con el régimen del sátrapa libio y quien, a buen seguro, más tajada sacará- volvió a estrechar la mano de Gadafi con una sonrisa de oreja a oreja.

El 10 de julio de 2009, hace dos veranos, vaya, los líderes del G-8 bromeaban en la foto de familia en la devastada localidad italiana de L'Aquila con un invitado que desentonaba hasta en los andares.

Obama, el ruso Medvedev, Sarkozy, Ban Ki-moon, el de la ONU, y hasta Zapatero, intercambiaban chascarrillos de lo más animados con un tipo de melena electrizada, túnica negra sobre traje blanco y más condecoraciones que Rommel, Patton y Eisenhower juntos. Por entonces, hacían jugosos negocios con Trípoli pese a que todos sabíamos del carácter despótico del dictador y del lujo desmedido en el que vivían sus hijos a costa del pueblo libio. Daba igual. Los líderes que hoy se lanzan a renegociar con el Consejo Nacional de Transición (CNT) los nuevos contratos petroleros y gasísticos, se partían el pecho con él, quizá recordándole su papel de malvado cachondo en alguna comedia absurda al estilo Hot Shots.

En esos tiempos, Gadafi era recibido allá donde fuera con todos los honores. Colocaba su jaima a placer rodeado de su Guardia de Amazonas, bellas vírgenes expertas en artes marciales cuyo paradero, como el de su jefe, se desconoce por ahora, y sobre las que bien se podría escribir un relato lo más de divertido titulado "Yo fui chica del coronel". Quizá veamos a alguna de ellas posando ligera de ropa en un futuro número de "Playboy", revelando los gustos sexuales del dictador y de alguno de sus ilustres visitantes occidentales. Era nuestro querido supervillano, tan rematadamente excéntrico que hasta nos caía bien. De su patrocinio al terrorismo internacional y del atentado de Lockerbie ya no se acordaba nadie con el pobre Reagan criando malvas desde 2004.

Hace sólo un año, el 30 de agosto de 2010, Gadafi se reunió en Roma con 500 mujeres para tratar de "convertirlas al islam". Con el pretexto de su intervención en un seminario sobre el Corán, una agencia de modelos y azafatas organizó en la Academia Cultural Libia un pase de modelos privado para el coronel, quizá para seleccionar nuevas "amazonas" para la ronda nocturna.

Un día después, Gadafi repitió el "acto" ante otras 200 modelos. El requisito para entrar estaba poco vinculado a lo espiritual: superar los 1,65 metros y tener entre 20 y 35 años. El delirante "casting" para la fiesta "bunga-bunga" en la jaima del dictador con la que -presupongo- se celebraría el II aniversario del Tratado de Amistad italo-libio, ocupó en tono jocoso las páginas de todos los diarios del mundo. Poco más.

Ahora nuestro malvado está contra las cuerdas. Su caída será el fin de una larga lista de viejos enemigos, casi entrañables por su descaro. Con Fidel en el geriátrico, los que quedan -Ahmadineyad, Kim Jong-il, Al Asad o Mugabe- no tienen su encanto. Si acaso el delirante Chávez.

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