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NO HAY CAUSA PERDIDA

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13 de octubre de 2012
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No estamos acostumbrados en Colombia a que los presidentes escriban sus memorias una vez salgan del poder.

Esa costumbre anglosajona de gran importancia en la creación de una memoria colectiva de la historia de un país es un vacío desafortunado. Álvaro Uribe acaba de publicar las suyas y su atractivo título refleja esa característica que lo hace un político único en el concierto latinoamericano y uno de pocos en el mundo, No hay causa perdida .

Álvaro Vargas Llosa , en su reseña del libro para el diario The Wall Street Journal, coloca a Uribe a la altura de grandes líderes como Winston Churchill, Margaret Thatcher y Helmut Kohl, el canciller alemán de la reunificación. Y la verdad, para cualquier lector este recuento de lo logrado entre el 2002 y el 2010 es de tal dimensión que deja en claro el tamaño de estadista que tuvo Colombia como jefe de gobierno durante esos ocho años.

Lo primero que hay que decir del libro es que es delicioso de leer. Sencillo, anecdótico y bien escrito, al estilo gringo, no es el ladrillo lleno de discursos sino un recuento tanto de la vida del expresidente antes de su gobierno como de sus ocho años de gestión. Con un ingrediente adicional y es que en cada hecho que describe el expresidente hay una lección de vida, un aprendizaje y, sobre todo, una clase de liderazgo permanente que es aplicable a cada uno de los lectores y que en buena parte fue lo que selló el éxito de su gobierno.

Conocí de primera mano muchos de los hechos que relata Uribe en el libro. Pero gran parte de los lectores no conocen las intimidades de los rescates de Fernando Araújo o Íngrid Betancourt o la relación con Hugo Chávez a lo largo de ocho años, para solo mencionar algunos de los temas. En ese sentido los lectores tendrán un asiento privilegiado en las entrañas del poder, en la toma de decisiones críticas para el país y sobre todo en la cabeza de quien asumía día a día esa responsabilidad.

Lo más interesante para mí fue ese viaje al interior de Uribe. Esa mirada a la violencia que sufrieron personalmente él y su familia y el impacto que esto tuvo en su determinación por recuperar el monopolio de la fuerza por parte del Estado. Uribe es un hijo de la violencia y de ahí nace en gran parte su determinación.

La relación con su padre don Alberto, de quien hereda su disciplina y su temple, es otro de esos apartes interesantes y desconocidos que hacen del libro una radiografía de Uribe.

A lo largo y ancho del libro se ve una coherencia difícil de encontrar en los políticos de hoy y que contrasta con el actual mandatario colombiano. Muestra un Uribe generoso en la victoria pero que asume solo la responsabilidad en la derrota.

Un Uribe que no se acomoda por el costo en la imagen y que ante decisiones complejas no solo avanza sino que no deja a nadie colgado de la brocha. Además que si hubiera escuchado a sus asesores, incluyendo al ministro de Defensa de entonces y hoy Presidente, operaciones como el rescate de Íngrid o la muerte de “Raúl Reyes” no se habrían realizado.

Hay una campaña desenfrenada por reescribir la historia de esos ocho años. Desde Telesur hasta Semana, incluyendo ONG, activistas, periodistas y políticos de todo pelambre están tratando de socavar esa historia de éxito. Trabajo que ha calado sobre todo en los jóvenes. En hora buena llega este libro para equilibrar esta batalla contra la manipulación de la verdad reciente. El dictamen de la historia no preocupa. Ese está asegurado.

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