Desde el momento mismo de su venida al mundo en el que sobrevivió al lado de otros 15 hermanos con el sueldo de un padre telegrafista, hasta su muerte, que pastoreó, aplazó y solo le permitió entrar a su universo en ascenso el Jueves Santo, el mismo día en que enterró a Úrsula Iguarán, máxima figura de Cien años de soledad, la vida del maestro Gabo fue una sucesión de acontecimientos extraordinarios, que hizo más extraordinarios gracias a su mente que siempre iba más allá de la del resto de los mortales.
El día que recibió el Nobel en Estocolmo la sociedad sueca fue sacudida en sus cimientos no por el premio logrado por ese colombiano de imaginación mágica sino porque sus reyes, Silvia y Carlos Gustavo llegaron cinco minutos tarde a la ceremonia.
De ese tipo de hechos de seres de carne y hueso se nutría Gabo, pero también de las nostalgias de personas que habían muerto hacía mucho tiempo en Macondo y se les volvía a ver en las noches inmensas del pueblo sacudidos por la añoranza de los vivos y aterrados por la proximidad de la otra muerte que existía dentro de la muerte.
El día de las velitas de 1994 en Cartagena asistí a uno de sus talleres de periodismo de la Fundación GGM para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Él ejercía como profesor y editor de una investigación sobre la muerte de Giacomo Turra, un italiano que pereció al final de una noche de drogas y fantasmas que lo seguían y no lo dejaban en paz por las calles de la Heroica.
El grupo lo conformaban 14 reporteros de España, Colombia y otras naciones. Desde la primera hasta la última clase lo suyo fue un cuento de historias, del vallenato como era antes, de enseñanzas de la vida de pueblo, de la rigurosidad del reportero hasta hallar la verdad que alguien quiere ocultar. "No se trata de saber de dónde son los cantantes, hay que saber qué cantan los cantantes", decía y luego nos envolvía con una mirada que redondeaba con una sonrisa tan mágica como su imaginación.
Al lector hay que tenerlo noqueado desde el comienzo hasta el fin de la historia, si lo dejas respirar pierdes. Hay una forma de hacerlo, huye de los adjetivos, pero cuando lo necesites, suéltalo que eso no deja ir al lector.
Amaba tanto al periodismo, como a los buenos periodistas. Pidió huir de las manipulaciones malignas, de las tergiversaciones venenosas, del empleo desaforado de las comillas, de los adverbios, las cacofonías, de las historias alargadas, no largas, de abortar para siempre la palabra posicionarse, de cerrar con un milagro el artículo pues el lector siempre recuerda más el fin que el comienzo.
El curso lo despedí con él y uno de sus hermanos en medio de una borrachera que ellos pagaron, porque el trago no hay que pagarlo pues para eso son los amigos. Más allá de la medianoche me narró una crónica maravillosa que siempre soñó escribir y por eso jamás escribió. Lo hizo, quizás para que yo la escribiera. Cuando él llegó a Roma como perseguido político del dictador Rojas Pinilla, lo primero que se preguntó fue a quién entrevistar.
Después de muchas vueltas se le ocurrió entrevistar al Papa pues era el único hombre en Italia al que conocían en Colombia. Tocó a la puerta del Vaticano, lo recibió un cardenal que se rió de su atrevimiento.
Días después la señora de la pensión que habitaba en Roma le dijo que el Papa estaba preguntando por él. Regresó al Vaticano y, efectivamente lo llevaron al despacho papal. Cuando entró su Santidad estaba jugando con el anillo que se le cayó de la mano y rodó bajo el escritorio. Lo que siguió fue de asombro. Cómo cuento en una crónica y que el mundo me crea que yo estaba debajo de una mesa con su Santidad... Así fue su vida: periodistas a narrar historias.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8