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Ministerios de tercera categoría

  • Juan José García Posada | Juan José García Posada
    Juan José García Posada | Juan José García Posada
12 de junio de 2011
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La educación siempre ha sido esencial en la teoría. Desde los tiempos de la fundación de la república se ha enfatizado en la misión educativa como fin primordial del buen gobierno: Gobernar es educar , han sostenido no pocos mandatarios y estadistas en todas las épocas. Sin embargo, siempre ha habido una falta notoria de coherencia entre la educación como derecho fundamental y la importancia real que se le reconoce en la estructura jerárquica del Estado. Y no creo que sea un simple formalismo irrelevante que, en la definición del orden y la precedencia de los ministerios por la nueva Ley 1444, el de Educación haya pasado del noveno puesto al undécimo.

Se ha predicado que educarse y aprender a ser es lo primordial para cualquier individuo. Abundan los textos oficiales que apologizan la función educativa y alaban la consagración apostólica del maestro. Cada presidente lanza su propia reforma de la enseñanza y la formación superior. La quinta locomotora del gobierno actual, la innovación, no podría arrancar sin el combustible de la educación. Presumo que, si se hiciera una investigación de opinión pública para establecer por qué tantos ciudadanos desconfían de los aparatos institucionales, uno de los factores va a ser la aguda contradicción entre la retórica política y la práctica administrativa en esta materia capital: La educación puede ser importantísima, pero sigue tratándose como cuestión marginal y decorativa.

Hasta ahora, los ministerios han sido trece. Con la nueva escisión quedan dieciséis. La ordenación y la precedencia (primero el del Interior, segundo el de Relaciones, Hacienda de tercero, etc.) se basan en motivos de protocolo, formales y de delegación. Por consiguiente, el orden de los factores sí altera los resultados, porque determina rangos jerárquicos. No es lo mismo un Ministerio en el primer nivel que otro en el undécimo, Educación, o en el décimo sexto, como el de Cultura. ¿Qué tal, por ejemplo, si se fusionaran Educación y Cultura, que deberían ser inseparables, e incluso el de las Tic y se elevaran a un cuarto puesto, de acuerdo con la verdadera magnitud de las respectivas funciones? También habría sido sensato unirles el de Ambiente al de Agricultura y el de Transporte al de Comercio, Industria y Turismo. Quedaría mejor el trique.

Los numerales 11 y 16 asignados a Educación y Cultura confirman el desdén secular por las cuestiones educativa y cultural. Tanto ha sido el Ministerio de Educación un despacho de tercera categoría, que rara vez lo ha desempeñado un educador. Y a la actual ministra le ha quedado tanto tiempo libre que hasta pudo encargarse varias semanas de la Alcaldía de Bogotá. Se dirá que, si educar es un proyecto de futuro, no dejemos para hoy lo que podamos hacer mañana.

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