Lo corroboraba el filósofo vasco Fernando Savater, en su visita a este diario en septiembre pasado: no puede haber organización terrorista que pueda soportar la fuerza conjunta del repudio de una sociedad unida, de la acción eficaz de las fuerzas de seguridad, y de la actuación firme de la justicia. Por lo menos en las dos primeras, Colombia ha avanzado mucho en los últimos años.
La movilización en una sociedad como la nuestra se hacía por sectores aislados, en defensa de sus intereses particulares o gremiales. Pero la marcha de toda una sociedad unida contra la violencia, la defensa de la dignidad humana, el rechazo unánime al delito atroz del secuestro, al asesinato de seres humanos indefensos, encadenados y humillados, ya es una voz potente que no deja de oírse nunca en nuestro país. Y ayer se renovó.
Sin duda, la marcha de febrero de 2008 marcó un punto de inflexión, y ese clamor retumbó en todas partes. La ambición de legitimidad de la guerrilla ese día pereció sin remedio.
Ayer, otra vez, Colombia entera gritó NO a las Farc, a sus colaboradores y cómplices, a la vacía retórica criminal y a los delitos sin perdón que cada día suman condenas en toda la humanidad.
La libertad de los secuestrados es una exigencia absoluta, incondicional, inmediata e intransigible. Somos millones de voces que seguirán oyéndose hasta que sea necesario.
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