Las Olimpiadas nos han vuelto a contagiar de los más nobles valores que el humanismo ha logrado producir y conservar desde los inveterados juegos en Grecia.
Pocos eventos mundiales logran superar las barreras que los nacionalismos, el idioma o la propia historia nos imponen.
Asistimos a las diversas disciplinas para admirar la fuerza y el coraje de los atletas, el espíritu de perfección en la gimnasia, el heroísmo de un Bolt, el corredor más veloz de la historia o la gloria de un Phelps, máximo ganador de preseas de oro.
El espíritu que reina es de hermandad entre los deportistas, así como entre los espectadores, muy distinto al de un campeonato mundial de fútbol. Aquí los nacionalismos están sosegados porque tácitamente reconocemos que la hermandad es posible, y por ende, la tan añorada paz mundial.
El deporte, el arte, la religiosidad y la cultura de cada pueblo nos enriquecen a todos. Son valores sublimes capaces de lograr la unidad en la diversidad.
La inauguración resultó apoteósica y el sentido de humor, inmejorable.
La clausura nos dejará algo de nostalgia, pero habremos renovado el deseo de fraternidad que se realiza si elevamos nuestra mirada a estos nobles ideales. ¡Felicidades a todos nuestros deportistas!.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8