Hoy, cuando se cumplen 25 años del asesinato de don Guillermo Cano, director de El Espectador, no podemos menos que decir que la vigencia de sus palabras, esas por las que lo mataron los narcotraficantes, siguen intactas, como siguen intactos los sueños de los colombianos de bien por un país más justo, equitativo y en paz.
Parecería que durante este cuarto de siglo de ausencia del inmolado periodista ya se hubiera dicho todo, o nada, porque sus ideas reposan congeladas en la realidad del país, muy poco distinto, o quizás peor, del que le tocó a don Guillermo Cano y a tantos otros insignes colombianos que también murieron defendiendo unos ideales y unos principios democráticos.
Solo que hoy, como tantas veces y ojalá por siempre, la figura de don Guillermo emerge para recordarnos que su muerte no significó el triunfo de los violentos, sino las derrotas del olvido, la desesperanza y la inconciencia. Su vigencia no estuvo ni estará marcada por los trágicos hechos que terminaron en su muerte, sino por la pertinencia y la actualidad de sus ideas.
En su memorable Libreta de apuntes, que no es otra cosa que el testamento de un hombre bueno que quiso vivir en un país bueno, don Guillermo nos dejó, sin pretenderlo, una serie de tareas que no hemos terminado de hacer. En especial una: la de buscar, por todos los medios posibles, "La paz que nos permita vivir civilizadamente y dejar de morir a destiempo y como salvajes".
Cualquiera que lea sus columnas y editoriales pensaría que fueron escritos ahora. Su esposa, Ana María Busquets de Cano, decía ayer con inteligente serenidad que hoy le queda más fácil hablar del legado de don Guillermo, porque son los hechos de violencia, de corrupción, de impunidad y de indolencia ciudadana, los que hacen que todos los días tengamos que recordar sus visionarias y valientes posiciones. Y es cierto. Colombia parece que hubiera entrado en una peligrosa involución en los temas que más daño nos han hecho a lo largo de muchas décadas.
De ahí que el mejor homenaje que se le pueda rendir a un librepensador como don Guillermo Cano sea el de no desfallecer en la búsqueda de la verdad, la defensa de la vida y la protección de los derechos humanos como pilares fundamentales de la democracia.
La justicia que siempre reclamó el inmolado director de El Espectador es la misma que ahora reclamamos todos para que su muerte, y la de tantos otros compatriotas, no quede en la impunidad, porque la impunidad sí es el mayor triunfo de los violentos.
Desde EL COLOMBIANO, con sentimiento de amistad y respeto, nos unimos a las palabras de doña Ana María Busquets, de la familia Cano y del país entero, para que la justicia reabra la investigación por el asesinato y podamos encontrar sobre la verdad de los hechos, el camino de la reconciliación y la paz que tanto defendió don Guillermo, y que nosotros también defendemos y anhelamos encontrar a través de la única arma que tenemos: la palabra.
Que este aniversario 25 de la muerte de don Guillermo no pase como una fecha más dentro del extenso calendario de muerte y de violencia. Que sea este un día para reanudar las tareas pendientes y buscar, entre todos y sin protagonismos, la manera de responder a esa pregunta que tantas veces nos hemos hecho cada que muere un colombiano de bien: ¿Valió la pena? Y que podamos decir que sí. Que por Colombia la valió.
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