El presente no es la medida de todos los tiempos. Ha hecho carrera, entre los propagandistas del nuevo bienestar, que se debe vivir en el presente, pues la angustia proviene del pesar por el pasado o de los temores por el porvenir. Corroboran, entonces, que es saludable vivir el momento a plenitud.
Mejor vistas las cosas, el presente perpetuo parece más bien un escondite para descontextualizados. Nadie discute, claro está, la marca del pretérito en la escritura del día a día. Cada cual acude a su forma particular de sicoanálisis, en procura de exorcizar las figuras del ayer que lo atormentan. Contra la mirada retrospectiva pocos combaten.
En cambio el futuro se levanta como ogro oscuro que despierta desasosiego. Los consejeros reaccionan: "hay que limitarse al instante, lo demás no deja reconciliarse con la serenidad". Vano intento.
El teórico ruso del lenguaje Mijaíl Bajtin afirmaba, por el contrario, que "lo que pertenece únicamente al presente se extingue con él". Uno no puede pasar la existencia de extinción en extinción, pues en cualquier momento aparece la verdadera extinción, la final, y la sorpresa será desconcertante.
El presente es una preñez o no es. No hay momento sin estómago embarazado. Cada instante es la semilla secreta de la ruta. Así como a la persona le llega cierta edad en que merece la cara que tiene, así sus minutos sucesivos van engendrando un porvenir deseado o aborrecido de antemano.
Los realizadores de encuestas electorales -cuando la suerte les da el acierto, claro está- explican que lo importante de sus cifras no son los signos matemáticos absolutos, sino las tendencias que revelan. Así reconocen el encierro de mañana que albergan los indicadores del día.
Igual sucede con los cortes transversales que suelen hacer los analistas sobre la realidad política de un país. Nueve millones no son nueve millones, ni tres y medio son tres y medio. Hay una falacia de perspectiva que conduce a diagnósticos miopes. Es claro que la democracia electoral se atiene a cortes cuatrienales categóricos, pero conviene atisbar las curvas e impulsos que lleva en su seno la contabilidad de las mayorías.
Las mayorías y minorías no hablan por el simplismo de ser recuentos estadísticos, sino por la calidad de rabias, conciencias, necesidades, hastíos, intereses o ilusiones que incorporan. De ahí que a largo plazo pese más un voto emitido con ardor o con asco, que diez depositados bajo la mirada del capataz. Esta aritmética, claro está, no se descubre hoy, sino cuando la preñez del presente sea una criatura a la luz.
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