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La paz, asunto magnánimo

Al margen de diferencias y matices en las propuestas de campaña presidencial sobre el actual proceso de paz, se deben evitar manoseos y ligerezas en torno a un tema tan sensible y sustancial para el país.

  • ILUSTRACIÓN ESTEBAN PARÍS
    ILUSTRACIÓN ESTEBAN PARÍS
03 de junio de 2014
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Respetamos las divergencias en los enfoques que las campañas por la Presidencia puedan tener frente al manejo y tratamiento del proceso de diálogo que, en procura del fin del conflicto y la búsqueda de la paz, se adelanta en La Habana, Cuba. Pero queremos, sí, demandar la mayor responsabilidad de los candidatos y demás líderes de opinión frente a un tema que es tal vez el meridiano de la realidad nacional. Un asunto que, según se le mire, une o divide a los colombianos.

La trascendencia del tema de la paz es innegable precisamente en una nación que lleva más de medio siglo de conflicto armado interno, con un fardo de violencia y muerte que carga la mitad de la población y que impacta inevitablemente al resto de los ciudadanos. Es decir, la paz interesa al conjunto de los habitantes de esta nación y sus repercusiones son obvias, tanto si se consigue como si no.

A esta consideración se suman las sucesivas frustraciones que han dejado los intentos de terminar el conflicto armado por parte de diferentes gobiernos. Tlaxcala, Caracas y San Vicente del Caguán nos vienen a la mente con su carga de decepción. Un escepticismo que se revela en las encuestas en las que la mayoría de la gente quiere sin duda una salida política a la guerra interna, pero que a la vez también desconfía del interlocutor: la guerrilla.

Bien lo observaba recientemente el embajador de Colombia en Cuba, Gustavo Bell Lemus, quien ha seguido de cerca el proceso de negociación con las Farc y rescataba la especial seriedad y responsabilidad del equipo negociador del Gobierno que está sentado a la mesa. Según Bell, hay un terreno ganado que es necesario valorar y dimensionar, y que el país no puede dilapidar, al margen de quién sea la persona que rija los destinos de Colombia a partir del próximo 7 de agosto.

Líderes mundiales como Joseph Stiglitz, Nobel de Economía; Barack Obama, presidente de Estados Unidos, y el Papa Francisco, han rodeado el esfuerzo de diálogo Gobierno-Farc. Resulta significativo que ellos, con su responsabilidad y nivel de información, le apuesten a una salida política, al margen de la sanción histórica que merezca la guerrilla por sus desmesuras y atropellos.

Este diario ha aceptado ese proceso, sin dejar de señalar sus debilidades, limitaciones y equivocaciones. Hay preocupaciones fundamentales: su indefinición en el tiempo y el riesgo de que se generen circunstancias de impunidad para los autores de delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra. Pero aun así, el escenario del diálogo es mucho más conveniente que el de una confrontación en la que el Estado tiene la superioridad militar y ofensiva, aunque la guerrilla, con sus métodos irregulares y terroristas, no deja de producir daños y perjuicios considerables a la infraestructura y en especial a la vida y bienes de la población civil.

Hablar de la paz no puede convertirse en un ejercicio de retórica ni de promesas vanas.

En la perspectiva de que el proceso de La Habana logre sortear todos los puntos de la agenda pactada, o en el escenario indeseable de que esta vez tampoco sea y las partes se levanten de la mesa, el debate presidencial debe transitar terrenos de sensatez y honradez políticas para no echar al traste el cúmulo de avances, lentos sí, pero ciertos que se han producido hasta ahora en tres puntos cruciales: política de desarrollo agrario, participación política y solución al problema de las drogas ilícitas.

Respetamos totalmente las posturas frente a que el proceso continúe, se reestructure o se suspenda. Pero esperamos que cualquier tipo de intervención se produzca sobre bases fundadas, sobre argumentaciones sopesadas juiciosamente atendiendo al interés supremo de darles a los colombianos el mejor futuro posible, ese mismo que debería tener el sello de un país sin actores armados ilegales, sin violencia, sin intolerancias políticas y sin injusticias económicas.

Que el actual debate no vacíe de sentido ni valor una palabra tan sustancial en el lenguaje de un país cansado de sufrir las atrocidades del conflicto, ese desgaste costoso de energías colectivas que nos deja el combate contra los fenómenos sociales, culturales, económicos y políticos que trae la guerra interna.

De los aspirantes a la Presidencia aguardamos sabiduría, mucha, para decidir este asunto magnánimo de la paz.
Contraposición

PONER A LAS FUERZAS ARMADAS EN EL EJE DEL DEBATE ES MUY PELIGROSO

Por MARÍA VICTORIA LLORENTE
Directora Ejecutiva de la Fundación Ideas para la Paz


Si se aborda de manera constructiva y propositiva sería ideal, porque no hay tema más político y fundamental para el país que la paz. Pero el uso que se le viene dando al proceso de paz, y a la posibilidad misma de la paz, me parece gravísimo.


Es un asunto que, sin lugar a dudas, debe estar en primera línea del debate. El problema es que terminó trivializado en el afán de las campañas de llegarle al público (al electorado) más primario, o si se quiere, más desinformado al respecto.


Poner la discusión en torno a si habrá paz con o sin impunidad no aporta, porque precisamente el proceso está buscando que no la haya. El debate debe centrarse en el modelo, el plan que permita construir un proceso benéfico para el país.


Abrir las puertas a esa dicotomía, maniquea, de si la paz o la guerra también es improductivo. Son simplificaciones que descalifican el debate y las propuestas de campaña.


Es peligroso, por ejemplo, la campaña en torno a las Fuerzas Armadas y sus víctimas dentro del proceso. O que si se les retiran garantías, o que si se separan ministerialmente Policía y Ejército. Esos son apuntes que juegan con la desinformación de manera perversa. Las encuestas dicen que la gente quiere la paz, pero no nos ponemos de acuerdo en el cómo, y ese debería ser el centro del debate presidencial.

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