Doce mil militares perseguidos por la justicia como si fuera nuestro Ejército colombiano el peor y más corrupto del mundo. Más soldados presos que asesinos y terroristas en las cárceles. Los soldados de Colombia ofrecen no solo su vida, su integridad física, son mutilados, si sobreviven, y les espera la persecución de la justicia, además del alejamiento de sus familias, su soledad por defendernos de la muerte y, a cambio, los atacan.
Santos, con la venia de los que todo lo aplauden, sin medir consecuencias, sin mirar lo que ha sucedido en el pasado con caricaturas de paz, busca para criminales la impunidad y permite, ajeno a su angustia, que las cárceles se llenen de estos héroes de la patria.
Que desgracia la de Colombia. No merecemos, ni ellos ni los colombianos, esa infeliz suerte. Es nuestro karma.
Y una parte del periodismo calla. Mira para otro lado, cuando no es que contribuye con sus noticias aceleradas, sin análisis, a declararlos culpables. El pueblo no reacciona y se muestra indolente y pasivo con este drama.
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