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La hora del descanso

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16 de julio de 2011
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Buscando dónde pasar una breve temporada de vacaciones me encontré esta perla: "Para el descanso de muchos, no hay periódico ni teléfono". Reservación inmediata.

Por supuesto, tampoco hay WiFi, de modo que las posibilidades de "conectarnos" se reducen a ceros: cero facebook, cero blog, cero correo electrónico, cero noticias, cero estrés. Porque así como "el día de gastar se gasta", el día de descansar se descansa, valga la perogrullada, a ver si por fin le damos al alma la posibilidad de ir al ritmo de nuestros pasos.

Algo terrible le ha ocurrido a la humanidad: la velocidad suicida a la que marcha. A los oficios varios de la rutina hay que sumarle la actividad cibernética, febril, absorbente y ¡mamona!

Las horas de sueño se han reducido. El tiempo no estira, pero hay que responder los ciento veinticinco correos recibidos en un día normal, fácilmente duplicados en uno extraordinario. La lectura tranquila y reposada en el papel ha cedido terreno ante la presión de la pantalla del computador, del celular o del blackberry, interrumpida siempre por la alarma detestable de un mensaje que entra, al que sucumbe la curiosidad inherente del ser humano. Así, cualquier minuto de descanso se convierte en una competencia de brincos: de la cadena que promete milagros a los titulares de prensa o al último trino del último ex presidente. ¡Cómo me gustaría empacar a Uribe en mi maleta!

Al calor del primer café del día hojeamos el periódico, mientras el computador carga para acceder a las mismas noticias en dos o tres publicaciones diferentes. Y como si no fuera suficiente la dosis de masoquismo, un radio siempre al pie nos muele la misma información, pero sazonada con gotas amargas destiladas por los presentadores de la frecuencia elegida. En ese "correquetealcanzo" nos hemos olvidado hasta de respirar. Un buen rato de ocio trae consigo relajación y creatividad, tan necesarias para liberar el apremio de una agenda a punto de explotar o de una dificultad difícil de resolver.

El silencio cumple la función de un yeso cuando el espíritu está quebrado. Un parque sin niños, una iglesia sin misa o un museo sin la visita de un colegio son espacios ideales para un reencuentro feliz de "yo con yo".

Nada mejor que poner el teléfono debajo de un cojín que ahogue el repique, lejos de la almohada, cuando hacemos una siesta para recuperar energías extraviadas.

Pero el campeón del "nada mejor que" es entrar a la casa, encontrar por debajo de la puerta las cuentas por pagar, las del banco, la de los servicios públicos y la del proveedor de internet, sacarles la lengua y seguir de largo, como si no existieran. "Después de todo, mañana será otro día", decía Scarlet O'hara en Lo que el viento se llevó.

Y dichas estas palabras, ¡a descansar! Ustedes de mí y viceversa. A los que me estimulan con sus comentarios y a los que me acarician con sus insultos, incluso a los que roncan, gracias por acompañarme siempre. ¡Nos vemos en tres semanas!

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