En su más reciente libro de aforismos, "Reptiles de a pie", el filósofo colombiano Julián Serna Arango realiza una puntillosa demolición de mitos y lugares comunes contemporáneos. Dinamita el racionalismo con cargas como "De la mano de la razón nadie sale del laberinto. La razón es el laberinto".
La afirmación de este pensador, genuina revelación de cosecha pereirana, se ajusta a la índole oscilante de las conversaciones de paz en La Habana. Las encuestas contradictorias que cada mes certifican altibajos de favorabilidad hacia este proceso, indican que nuestra paz es un laberinto.
Igual acaece con declaraciones y discursos de gobierno y comandantes guerrilleros. Todos hacen esfuerzos por exhibir más músculos, por nombrar al más tropero, por aniquilar con retórica la tímida esperanza colectiva. La capital cubana parece hilera de balcones sobre los que alternan en arengas y provocaciones ambos lados de la mesa.
De la mano de la razón, es imposible salir de este laberinto. Pues como lo enseña el filósofo, argumentos y dogmas son el nudo del mismo. Para comenzar, las dos partes funcionan en la relatividad total del tiempo. Dice el columnista Thierry Ways que "un año de las Farc equivale como a siete de los nuestros".
Horas, días, meses, años, componen el ritmo, diástole y sístole de individuos y grupos. Los silogismos de la mente requieren extenderse en unidades uniformes de tiempo, para que el diálogo florezca. De lo contrario vendrá la discordia, que se define como falta de sintonía con el corazón del otro.
Otro tanto ocurre con el espacio. Sesenta años de lucha campesina, emboscada entre montes, páramos y ríos, genera horizontes que poco tienen que ver con la artificialidad de vías congestionadas y faroles nocturnos de cualquier ciudad. En escenarios embarrados, donde el miedo se inmiscuye en tartamudeo de hélice de helicóptero, los conceptos suelen tullirse y las doctrinas cobran rigidez de piedra.
Distanciados en tiempo, espacio, ritmo y tono de pensamiento, los negociadores chapalean en laberinto que también es verbal. Las palabras, que sirven para crear mundos, disuenan; los dispositivos de la razón se entrampan. Es preciso, pues, dar paso a imaginación, picardía, danza y poesía para recobrar la esperanza. Ya que la razón es el laberinto mismo, otras facultades merecen su puesto.
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