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LA GRAN PAZ, LA PEQUEÑA PAZ

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25 de marzo de 2013
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Vivimos hablando de la violencia en Colombia y todos anhelamos la paz. Pero no sé si somos conscientes de todas las veces que le hacemos el juego a la violencia enterrando de a poquitos las posibilidades de la paz.

Para este artículo hablaré de la gran paz, que es lo que pueden hacer los actores del conflicto armado, y de la paz cotidiana, la que podemos construir en la convivencia del día a día.

La gran paz necesita voluntad política, gente capaz de honestidad y de hacer las concesiones necesarias para el beneficio de los muchos. Aquí abro tres paréntesis:

Hemos vivido en un país en el que unos cuantos son dueños de inmensas extensiones de tierra, y de entre esos "unos cuantos" hay algunos que, además, han aumentando ese dominio robándola, acrecentando el problema del saqueo, sin importarles ni los despojados ni la violencia que producen.

Para otros, el poder que han obtenido con las armas les ha distorsionado el sentido original de los ideales pero no logran verlo, les parece "normal" y hasta "necesaria" la violencia y el temor que infunden. La insensatez les hace creer que la violencia es un buen método de presión.

Y tercer paréntesis: es una mentalidad perniciosa pensar que todos aquellos que hablan en favor y en defensa de los pobres, los campesinos, las víctimas o los desposeídos, son "comunistas". La caridad de tantos "buenos" debería ir más allá de dar limosnas y contribuir en la construcción de un país con las oportunidades suficientes como para que todos puedan desarrollarse y crecer como personas.

Pero en Colombia, la violencia no es solo la de los actores armados. Los pequeños actos violentos de la vida cotidiana impiden que tengamos una convivencia pacífica, y suman en la sensación de una vida azarosa, insegura y llena de incertidumbres: el mal vecino que con bullas y escándalos no deja dormir, el que no respeta las señales de tránsito, el que se cuela en las filas, el que tira basura en las calles, el que no recoge el popó del perro, el que se cree muy vivo y se apodera del espacio público usufructuándose de él. No sé si los que actúan así se dan cuenta de que su comportamiento agresivo suma a las pequeñas violencias que van generando desorden y anarquía.

Cada colombiano podría pacificar el pedacito de espacio que ocupa: los que están en La Habana, pensando en las mayorías (ojalá las minorías los dejen); y todos los demás, respetando a su vecino, a su conciudadano, en definitiva: al otro.

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