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La enemistad y el diálogo

30 de septiembre de 2012
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La desconfianza del enemigo signa el proceso de diálogo por la paz. Las palabras y las acciones de los voceros antagonistas son interpretadas en el marco de la guerra.  La percepción que se tiene y que se difunde del otro sigue siendo un componente integral de la acción bélica.

Hay un campo de guerra que se dedica a la “construcción del enemigo”. Es una especialidad psicológica y la idea es que se instale una imagen del otro construida a partir de componentes emocionales -una percepción del otro que es controlada por la esfera afectiva y se limita a la “dicotomía primitiva bien-mal y amigo-enemigo” (E. Blair, 1999).

La construcción del enemigo como proceso calculado apunta a que el otro sea percibido a partir de: la desconfianza total; la asociación de todo lo malo con la imagen del enemigo; la anticipación de que cualquier acción o anuncio del enemigo tendrá repercusiones negativas; un razonamiento de suma cero según el cual lo que beneficia al enemigo nos destruye; y el rechazo a la empatía, puesto que cualquier expresión de humanidad hacia el enemigo es peligrosa (K.K. Spillmann, 1991 y E. Blair, 1999).

Este proceso se ha consolidado en Colombia durante décadas de guerra. Está ampliamente arraigado como sentimiento social. Es aplicado por los dos bandos.

Si vamos a apostarle al proceso de paz, estas sensibilidades y mentalidades en relación con el otro -sean las guerrillas o los agentes del Estado- tienen que ser abordadas con racionalidad y con apertura. 

No promuevo un salto ingenuo, ni una creencia ciega en el adversario en la mesa de negociación. Tampoco pretendo que no sea visto como contrario. No obstante, creo que es necesario darle una oportunidad real al diálogo político, la cual pasa por desmantelar las herencias de la guerra psicológica.

Como miembros de una sociedad que ha estado en guerra durante tantos años estamos imbuidos en racionalidades y sentimientos guerreristas. Nuestra percepción del universo fácilmente cae en lógicas de polarización y de desconfianza. Nuestra comprensión de los asuntos políticos está teñida por el dolor, el sufrimiento y la muerte; la enemistad domina nuestras formas sociales (Sofsky, 2004). 

La ruptura con la guerra no será fácil para nuestra sociedad. La recuperación de objetivos políticos que no estén definidos a partir del enemigo es una tarea que requerirá un ejercicio consciente de resignificación de identidades. La guerra engendra mecanismos de autosostenibilidad; desarticularla implica esfuerzos individuales y colectivos.

Este proceso se puede desencadenar a partir de lo que percibamos de la mesa de negociación -de aquí, la importancia del comportamiento de las partes en el diálogo y su uso de la comunicación.

Gran responsabilidad les asiste a los voceros de las partes en la construcción de confianza en el proceso de paz. Es el momento de dejar de lado la negación de responsabilidad que hasta ahora está presente en sus expresiones. La guerrilla no es el origen ni la razón de todos los males, pero sí tiene que hacer frente -con humildad y con arrepentimiento- a su responsabilidad en la perpetración de atrocidades (como ejecuciones, torturas y secuestros) y en el narcotráfico. Mayor peso (por su posición de garante, entre otros) le asiste al Gobierno. 

Es hora de sobrepasar la negación que, hasta el momento, califica las declaraciones de ambas partes, y notablemente las de la guerrilla.

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