Alicia es mi pariente lejana y es artista. Ella encuentra los materiales para sus obras donde los demás mortales vemos basura. El capacho de las granadillas, que nosotros botamos, lo convierte en las más hermosas flores. Pinta sobre un lienzo o sobre una botella de vino vacía; observa las plantas, les toma fotos cada mes para mirar su evolución y sabe, por deducción y por intuición, cuál encierra un elemento decorativo que nadie más descubre: hojas, vástagos o raíces. Su pesebre, hecho de piedras pequeñas, redondas y blancas, incluidos los pastores y las ovejas, es el más lindo monumento al nacimiento de Jesús que hayamos visto en la Navidad que acaba de pasar. Sus cuadros reflejan la sensibilidad milimétrica de una artista ilustrada, aunque es autodidacta. Además de lucirse con su conversación interesante y delicada, vale su peso en oro, pero no se ufana de ello. Su humildad le alcanza para darle crédito a su socio cuando muestra sus creaciones: "esto lo hicimos Dios y yo. Él hizo la mitad y yo me encargué del resto". Agradece a la vida por sus manos mágicas y por esas neuronas que nunca dejó sin estrenar.
Después de recorrer su casa, que parece de azúcar, queda una sensación en el alma: qué montón de creatividad la que nos falta a la mayoría de los seres humanos. O es posible que la tengamos, pero no la usamos. La complejidad de la vida debería obligarnos a ser cada día más imaginativos para sobrevivir en tiempos críticos, a exprimir el cerebro, hasta que duela si es preciso, para crecer en el desarrollo de nuestras habilidades, como el zapatero que deja unos zapatos viejos como nuevos; el plomero que repara un baño sin necesidad de tumbar toda la casa o la mamá que alimenta a su familia con un manjar que sabe a gloria, hecho con los ingredientes de siempre.
Según la psicología, "todos nacemos con una capacidad creativa que luego puede ser estimulada, desarrollada y mejorada". Sospecho que también es contagiosa y que algo de ella pasa por los genes. ¿Recuerdan el Pensagrama en el viejo Suplemento Literario? Alberto Restrepo, su autor, nos ponía a pensar cada domingo en preguntas como: "Una mamá menos y, quizás, una madre más", sólo para descubrir, a los ocho días, que la respuesta era una palabreja apenas de tres letras que nos devanó los sesos toda la semana: sor. Lo traigo a colación porque a Alberto, hermano de Alicia, también se le salía la originalidad por los poros en el ejercicio de su trabajo, no sólo como crucigramista sino también como titulador de este periódico durante muchos años.
Esa capacidad creativa convierte a las personas comunes y corrientes en seres extraordinarios. Pero hablo de la creatividad liberadora, a prueba de honestidad. Nada que ver con la "malicia indígena", con la marrulla ni con la viveza de que tanto alardeamos los colombianos para apostar quién es capaz de aprovecharse de más gente en menos tiempo. De esa estamos hasta las ñatas hace rato y es harina de otro costal.
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