Puede que no exista combinación más perversa para los asuntos estatales que la burocracia con el secreto. De por sí la burocracia es odiosa; mezclada con el secreto, ésta se vuelve peligrosa.
Arranco por los integrantes de la burocracia. Burócrata: ese tipo rancio que cumple todas las reglas para no hacer nada; o apelativo para un empleado público que se toma muy en serio la defensa de su puesto. Eduardo Galeano lo retrató pulcramente: "el burócrata es el hombre de madera, nacido por equivocación de los dioses, que lo hicieron sin sangre, sin aliento ni desaliento, y sin ninguna palabra qué decir. Tiene eco pero no tiene voz. Sabe transmitir órdenes, no ideas. Considera cualquier duda una herejía; cualquier contradicción una traición. Confunde la unidad con la unanimidad (…)".
Tristemente, nuestras instituciones públicas, por lo alto y por lo bajo, están llenas de estos personajillos de madera, con eco pero sin voz, cumpliendo y transmitiendo órdenes. Por ejemplo, en el Congreso (que reúne un poco de todo), los elegidos (con algunas excepciones) repiten lo que el gobierno les transfiere. Hoy dicen: "el proyecto es necesario"; o "con esto se les da seguridad jurídica a los militares". No saben de qué hablan, pero hacen eco. Me refiero al proyecto de Ley estatutaria que busca poner en marcha un sistema extraordinario de investigación y juzgamiento para beneficiar a los militares.
Ahora, pasemos al secreto: el secreto de Estado, un escudo fantástico que permite actuar sin tener que contar qué es lo que se hace, en nombre de la seguridad. No hay duda de que existen temas que deben ser objeto de manejo reservado; la justicia no puede ser uno de ellos.
La regla general sobre los actos de gobierno (en una democracia) es la publicidad; cualquier excepción debe ser justificada y controlada. La generalización del secreto sólo trae problemas. En países -como Colombia- en los cuales la seguridad tiene un valor abstracto excelso en la noción de Estado que se promueve, el secreto se riega como la roya y se experimenta mediante su extensión neológica: un secreto es un secreto es un secreto…
Las acciones militares son actos de gobierno que se consideran secretos. El que busca vigilarlos es un hereje, si no algo más. Se olvida que el secreto de Estado se torna en un problema serio cuando se usa para "ocultar acciones insoportables de agentes o dirigentes del Estado, que puestas a la luz difícilmente encuentran justificación" (Gómez Orfanel, 1996), como los falsos positivos.
El proyecto de ley que busca instituir un sistema excepcional de juzgamiento para los militares es la expresión tenebrosa de burocracia y secreto. Se pretende que los actos militares (secretos) sólo sean controlados por quienes entienden de esos secretos: otros militares. ¡A esto llaman justicia…
Según el proyecto de ley, la justicia penal militar será una dependencia enigmática del Ministerio de Defensa, administrando causas marciales que los civiles no pueden entender. Es una justicia por militares, para militares, que cubre desde peculados hasta homicidios.
Y es esto lo que hay que aprobar, sin ideas y con unanimidad, como buenos burócratas.
Claramente es más fácil gobernar tapado, sin rendir cuentas, que ser "gobierno visible". La justicia militar puede llegar a ser expresión de un gobierno clandestino con reglas a su medida y sin control.
Como van las cosas, espero equivocarme.
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