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La acostumbrada tragedia anual

  • La acostumbrada tragedia anual
22 de diciembre de 2010
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Si actualmente hay algún desastre que puede predecirse y, por ende, prevenirse, es el causado por nuestras ineludibles temporadas de lluvias. Es inexplicable entonces que, si contamos con entidades que estudian e informan oportunamente los distintos fenómenos climáticos, y si tenemos instituciones diseñadas expresamente para la prevención de desastres, año tras año nos haya tocado vivir la misma tragedia.

Empinadas laderas, en las que solamente la extrema pobreza se atreve a subsistir, se vienen abajo sepultando en sus entrañas lo que encuentran a su paso; alcantarillados y colectores de aguas lluvias que por falta de mantenimiento colapsan y convierten calles y avenidas en furiosos torrentes (entre otros, los centenarios arroyos de Barranquilla); derrumbes que taponan y prácticamente paralizan el atrasado y maltrecho sistema vial del país; quebradas, ríos y deltas que se salen de su cauce, casi siempre por el mismo punto, e inundan docenas de poblaciones ribereñas y arrasan grandes extensiones de tierras cultivadas; destartaladas escuelas que dan albergue temporal (hacinan inhumanamente), a miles de damnificados para dejarlos luego en el más triste de los olvidos y a expensas de la caridad pública; y, lo más doloroso, lo irreparable, los cientos de vidas humanas perdidas.

Sigue después, el otro chaparrón: ¡el de las improvisaciones! Ahí es cuando, "a la bulla de los cocos", se toman sobre la marcha, las consabidas medidas de emergencia que solamente sirven para mitigar fugazmente los estragos causados por la madre naturaleza, la burocracia y la indolencia. Se pide ayuda a la comunidad internacional y se apela a la solidaridad de los siempre generosos colombianos, porque las arcas del Estado y de las entidades encargadas de atender los desastres siempre están peladas. Se anuncian, además, drásticas sanciones para las organizaciones responsables o, mejor dicho, irresponsables y, al mismo tiempo, se expide un paquete de importantes decretos para permitir la implementación de los correctivos que impedirán que hechos tan lamentables se repitan... antes de la siguiente temporada de lluvias.

Este año, el llamado Fenómeno de La Niña, se encargó de anunciarnos con mucha vehemencia, que la madre naturaleza no está dispuesta a condonarnos la abultada cuenta de cobro que le tenemos pendiente, a menos que, nos comprometamos seriamente a cuidarla.

Duro reto el que enfrenta el gobierno del presidente Juan Manuel Santos. El éxito o el fracaso de su gestión corren, en buena medida, por cuenta del manejo que se le dé a este desafortunado evento. Ojalá todas las promesas que se están haciendo ahora que el país tiene el agua en el cuello, se vuelvan realidades. De lo contrario, seguiremos repitiendo la acostumbrada tragedia anual.

Aprovecho este espacio para decirles a todos y cada uno de mis apreciados lectores que, les deseo una Navidad con cielo azul, amable y en compañía de todas esas personas importantes y queridas por ustedes.

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