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Hombres que miman su carro

22 de abril de 2009
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"Yo soy yo y mi cachivache", proclaman. Aceptan un mundo sin mujeres, sin celular, sin trago, sin democracia. No lo conciben sin su carro que convirtieron en prótesis.

Le dan al vehículo tratamiento de mujer fatal. O de amante. Lo miran como si fuera la primera novia. O la última. O la mujer del prójimo. O su prójimo. O todas las anteriores.

Los hay que aman tanto su carro que gustosos lo invitarían a almorzar. O a un motel. Solo les falta morderle la oreja a su "particular". O llevarlo a bailar.

Lo limpian de vez en cuando a toda hora. Si no están con él, sueñan con él.

Muchos le tienen babero (carpa) para preservarlo de la lluvia, del sol. De la noche, del día. De las miradas ajenas. Un pájaro se extrovierte sobre el capó y quedan de cardiólogo.

Dan gracias cuando se dispara la alarma en la madrugada. Lo interpretan como un feliz pretexto para recordar que tienen carro. No importa que se despierte el vecindario.

En la mañana, cuando se le acercan por primera vez, lo miran con curiosidad de paleontólogo. Entonces dan gracias a Dios por existir. Si son ateos, agradecen a todos los dioses.

Observan si las cuatro llantas están en el lugar adecuado y le echan una mirada al kilometraje. Sospechan que de pronto les puso cuernos de noche y se fugó con algún Ferrari o un Jaguar de mejor familia.

Ojalá no tuvieran que usar nunca el cacharro. Le dan tratamiento de mascota.

Miran su carro de cerca. Y como aprendieron que una obra de arte se aprecia mejor de lejos, toman distancia para admirarlo. Como si fuera la Mona Lisa.

Odian los aguaceros que estropean la lavada más reciente. Invierten semestres de su vida en mimarlo. Mientras lo polichan, que no falte el radio sintonizado ruidosamente en el AM o el FM de sus afectos.

Si agarran un hueco le mientan la madre a los últimos 20 alcaldes.

Quedan extasiados ante cada pieza que van embelleciendo: las puertas, el timón, el cigüeñal, el "pienso luego exosto", el parabrisas. Encuentran erótico mirar su carro por debajo.

Les preocupa que el aparato sume kilómetros. Asumen que es una lánguida forma de envejecer.

Cuando lo llevan al taller, llaman cada diez minutos al mecánico residente para preguntar por él. Si el aparato tiene que pernoctar en guardería (garaje) ajena, sobornan al celador para que les suministre partes durante la noche.

No le niegan nada: un cambio de aceite, una "liposucción" vehicular, líquido para frenos. Un trasplante de motor. Si las pestañas (parabrisas) empiezan a titubear, las cambian.

Sacan revólver si alguien le pita en la nuca a su vehículo. Por poco mandan su carro al kínder. Les gustaría que los enterraran con él. Sus mujeres se contentarían con la millonésima parte de tantos arrumacos.

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