Muy pronto viviremos rodeados de robots. Las máquinas capaces de realizar tareas que hasta ahora estaban reservadas a los hombres evolucionan a una velocidad imparable en todos los sectores. Esto nos aboca sin remedio a una nueva revolución industrial mucho más intensa y vertiginosa que la experimentada con la máquina de vapor. Entonces, los ingenios mecánicos sustituyeron el músculo de millones de trabajadores. Hoy, nos enfrentamos a memorias mil veces más potentes que las nuestras, capaces de analizar y solventar problemas en microsegundos, cruzando todas las variables posibles, pero también capaces de aprender y, en un futuro próximo, de improvisar cuando la ocasión lo requiera. Sustituirán nuestros brazos y nuestros cerebros.
Así lo advierten los profesores Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee en el libro "The Second Machine Age (La segunda era de las máquinas )", un ensayo que explora los riesgos y posibilidades que entraña la inminente revolución robótica.
Tan inminente que ya ha comenzado. Baxter es un robot fabricado en Massachusetts que hace el trabajo del obrero de una fábrica por poco más de dos dólares por hora y que es capaz de aprender. Una ganga para cualquier empresa, pues ya no necesita ni supervisión ni costosas y constantes reparaciones.
Los robots están por todas partes. No como androides con forma humana, pero sí resolviendo tareas que hasta ahora parecían imposibles. Los autores remarcan que la nueva generación de máquinas ha superado el trabajo rutinario y comienzan a gestionar "fenómenos irregulares". Los tenemos conduciendo trenes o coches (como el de Google, que circula sin conductor por California), realizando diagnósticos de enfermedades graves, operando en bolsa a mil revoluciones por minuto o ayudándonos en nuestras gestiones del aeropuerto, como la "bella" azafata pixelada que acaba de atenderme en uno de los aeródromos que rodean Londres, un holograma con la sonrisa perenne dibujada en su cara.
No descansan. No toman vacaciones. No se ponen sospechosamente enfermos los viernes ni salen a tomarse un café "un ratito". Tampoco a echarse un Marlboro por mucho que "ahora vuelvan". No menstrúan ni tienen resacas. Nunca se encabronan ni tienen malos días. No juran en arameo ni cobran a fin de mes. Nunca piden aumentos ni pisotean la honra del jefe y de toda su estirpe en cuanto escapan al bar.
Les da lo mismo que llueva o truene, que salga el Sol o no lo haga. Sólo producen sin desmayo y resuelven tareas sin parar para ir al baño.
Su eficiencia para los trabajos que no requieren empatía, movimiento o improvisación está comprobada. Todos aquellos trabajadores sin habilidades extraordinarias lo tienen crudo. Pero los robots también amenazan los trabajos que requieren gran capacidad de memoria, como las máquinas especializadas en diagnosticar un cáncer de mama, tan fiables o más que un doctor de carne y hueso.
Pronto podrán hacer casi cualquier cosa. ¿Podrán amar?
La película "Her" plantea ese supuesto. Un hombre solitario y culto (el brillante Joaquin Phoenix ) se enamora de su sistema operativo (femenino, que el rollo gay con máquinas aún no está bien visto) en un futuro cercano.
Normal para alguien acomplejado y mustio como un cactus.
"Her" siempre lo escucha y lo alienta. Nunca está cansada o tiene sueño. Le regala los oídos cada día con requiebros y halagos. Nunca está triste. Sólo si él lo está. No discute, sólo dialoga y sugiere. Jamás manda a nuestro ciber amante al puñetero carajo. Vamos que "Her" es un coñazo empalagoso del que es imposible enamorarse.
Simplemente, porque es casi perfecta.
Somos impredecibles y eso nos hace únicos. Es lo que tiene llevar sangre en las venas. Por mucho que los robots evolucionen, eso no hay quien lo supere
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