Esa noche la oscuridad parecía un coágulo. Pesaba sobre cada movimiento. El sonido del mar daba miedo. Ellos aguardaban la barca con sus maletas de cartón y sus atados de ropa, de pie sobre la playa. Habían llegado al atardecer. Venían de pueblos remotos, alejados de la costa. Algunos veían el mar por primera vez y se espantaban ante la idea de tener que atravesarlo entero desde aquella playa desierta de Sicilia hasta las costas de América.
El trato era 250 mil liras: la mitad a la hora de partir, la mitad a la llegada. Llevaban guardado el dinero en el pecho, bajo la camisa, como un escapulario. Habían vendido todo: la casa, los armarios, el mulo, las cobijas, para comprar su sueño.
A las once, uno de los viajeros encendió una linterna. Era la señal de que podían ir por ellos para llevarlos al vapor. Antes de que alcanzaran a comprenderlo, la barca tocó tierra. Allí venía el empresario de la aventura. Todos juraron que tenían el dinero.
El viaje duró menos de lo previsto: once noches. Amontonados en la bodega, bajo la cubierta, ellos las contaron una a una porque las noches eran sofocantes: olía a pescado, a gasolina, a vómito. No era esa la idea del mar que se habían forjado. El mar de verdad les retorcía las vísceras con el vaivén de sus olas y su luz hería los ojos si los demoraban mirando el resplandor del agua.
La última noche, el empresario los llamó a cubierta y les dijo, mostrándoles las luces que brillaban a lo lejos: “Allí tenéis vuestra América”. Después de liquidar las cuentas, riendo y cantando, bajaron a la barca que iba a llevarlos hasta la playa. Allí permanecieron sentados sobre la arena, sin saber qué hacer, bendiciendo y maldiciendo la noche y soñando con las luces de las ciudades que vislumbraban detrás del horizonte.
Antes del amanecer oyeron un canto lejano que les pareció el de uno de sus carreteros. Entonces pensaron que el mundo es el mismo en todas partes. En todas partes el hombre canta para decir la misma pena. Pero estaban en América. Dos de ellos decidieron caminar hacia las luces del pueblo más cercano. Pasó un coche. Después otro y otro más. Después, dos motocicletas. Finalmente, vieron unas torres y se arriesgaron a cruzar la carretera. Allí encontraron un letrero que decía: “Santa Croce Camarina”. El nombre les recordó vagamente un pueblo de la infancia. Decidieron parar el primer coche que pasara. El conductor frenó entre maldiciones. “¿Trenton?” preguntó uno de ellos. Era el nombre de la ciudad a la que habían prometido llevarlos. “¡Qué Trenton ni qué carajos!” respondió el conductor hablando en italiano. Y se perdió a lo lejos lanzándoles toda clase de improperios. Los dos hombres se echaron al borde de la carretera, sus almas destrozadas. No había prisa para llevar a los demás la noticia de que habían desembarcado en Sicilia.
Este es, en pocas palabras, el cuento del escritor italiano Leonardo Sciacia que leí esta semana en uno de sus libros. Me lo regaló Lucía, una amiga cuyo padre nació en una aldea remota del sur de Italia y viajó a América buscando el mismo sueño. Pero los tiempos cambian. Hoy los viajeros que atraviesan el mar en busca del paraíso son miles de africanos que huyen de la guerra y la pobreza. Ahora son ellos los que venden todo para tratar de llegar -muchas veces ya muertos- a las mismas playas solitarias de Sicilia.