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EL COSTO DE LLEGAR TARDE

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16 de julio de 2013
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Un viaje un tanto anodino resultó el de Barack Obama a África. La razón es que China se le ha adelantado sensiblemente en captar la atención del continente negro.

No en balde los periódicos de su país aseveraban que la Casa Blanca diseñó la gira para contraprogramar a China. No sin amargura el presidente americano deploró que el continente siga siendo "el último tramo de la cadena de suministros o solo la fuente de recursos naturales de la que ir tirando sin miramientos y sin beneficios para sus millones de habitantes".

Y agregó algo más de condimento cuando criticó el desembarco chino en la región con contingentes enormes de sus propios trabajadores y en medio de una displicencia criminal frente a los retos del medio ambiente.

Obama resuella por la herida. Es el caso que China tiene dos pies bien plantados en la geografía africana. El país asiático lleva ya más de 15 años asentándose incisivamente hasta el punto de haberse convertido en su mayor socio comercial, de haber instalado allí unas 20.000 compañías en más de 50 países y de haber trasladado a más de un millón de trabajadores propios. Mientras el comercio bilateral entre África y el gigante asiático supera los 200.000 millones de dólares anuales, los Estados Unidos pueden ufanarse apenas de contar con la mitad de tal volumen en intercambios.

En síntesis, China se ha convertido en una pieza clave del surgimiento del Continente que ya exhibe un 5 % de crecimiento interanual.

No hay nada nocivo ni torcido en que China haya llegado al continente animado por la búsqueda de materias primas para sus procesos. La relación de China con África viene de lejos. Habría que remontarse al siglo XV para observar cómo los chinos mantenían, desde entonces, un interés económico y geopolítico determinante en el continente africano.

Hoy en día es cierto que el 33 % de sus importaciones petroleras viene de África, por ejemplo. Pero no es menos cierto que en muchos países de esa geografía se ven diseminados puertos, carreteras, viviendas, estadios, oleoductos, vastas extensiones de explotaciones agrícolas, mineras y gasíferas que revisten beneficios económicos y sociales sustanciales y tienen el aspecto de prometedoras inversiones. Lo son para los chinos y para los africanos igualmente, aunque el equilibrio de la contraprestación no sea perfecto.

Mucho se culpa a China de ser la protagonista allí de una presencia colonial, como lo asomó Barack Obama. El alto volumen de mano de obra asiática en sus desarrollos no es lo único protuberante. El Continente sufre de la perversión de los términos de los intercambios: materias primas baratas contra bienes terminados costosos.

Pero todas estas son distorsiones que surgen en la medida en que una relación bilateral se vuelve intensa y se exponencia. Se trata escollos que cada país debe cuidar y corregir con acciones vigilantes y proactivas.

Estados Unidos es el que está llegando tarde a la cita africana. No olvidemos, tampoco, que ambos titanes buscan en China no solo un buen socio para proyectos de envergadura comercial o industrial, sino también un aliado político para contribuir con el equilibrio de poderes que ambos desean propugnar a nivel mundial.

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