Daba grima ver la mayoría de curules del Senado vacías, durante el debate que allí se adelantó sobre las repercusiones que va teniendo en Colombia la crisis económica internacional. Pareciera que la mayor parte de padres de la Patria sólo estuvieran interesados en los temas de la mecánica política. Y que por el hecho de animarse en el asunto de la reelección, las demás materias de interés nacional quedaran subordinadas a las conveniencias meramente electorales.
La presentación del ministro de Hacienda fue convincente. Confesamos que no le conocíamos esos hábiles recursos oratorios para defender las tesis, que ha venido exponiendo como estrategias para mitigar los efectos contraproducentes de la crisis financiera y evitar que esos resultados no vayan a ser tan funestos como lo calculan algunas casandras, más con sentido visceral que cerebral, que se mueven a través de algunos núcleos de oposición en el Congreso.
El Ministro no se dejó enredar de algunas de las pocas voces que plantearon ideas de controversia. Los argumentos efectistas, hábilmente camuflados con no pocos sofismas en el manejo de guarismos, los supo responder, sin dejarse asfixiar de alguna habilidad parlamentaria. Mostró cifras reales para corregir otras sesgadas y de algunos profetas de desastres que gritaban más que lo que razonaban. El tiempo se encargará de mostrar, si el Minhacienda estaba en la razón cuando enfrentó con habilidad una oposición que auguraba desastres y que al final no pudo comer carne ministerial. Para afianzar sus argumentos frente a la crisis internacional, busca blindarlos con un crédito de 10.500 millones de dólares con el FMI, desembolsos que se irían recibiendo a medida que las necesidades de liquidez interna así lo exijan.
Tantas curules vacías reflejan un espectáculo grotesco. Máxime cuando sus ocupantes son tan generosamente remunerados con los recursos salidos de aquellos contribuyentes que hoy empiezan a sentir los efectos de la desaceleración económica. Ese ausentismo demuestra un marcado desinterés por los debates que requiere el país y que no admite aquel ocio que facilita la entrada, con patente de corso, de los fenómenos disociadores de la economía. Sobre todo cuando ya los estragos de la recesión están generando desequilibrios sociales y económicos en algunos países desarrollados y emergentes.
Los debates de transcendencia nacional no pueden suscitar el desapego del Congreso. Son los escrutinios que hacen las democracias para fiscalizar la marcha real de la nación. En las democracias más avanzadas, cada año, en los recintos parlamentarios, se examina lo que se llama "el estado de la nación". Con su análisis y discusión se mide el avance o retroceso de los indicadores en todos los escenarios de aquellas actividades, cubiertas por la ciencia económica y la social. Eludir esas responsabilidades es casi un delito de lesa patria.
Anoche ha debido continuar el debate en el Congreso. Ojalá la asistencia y participación de los senadores haya sido más responsable que en la anterior sesión. El país debe saber cómo se han preparado sus instituciones para enfrentar la crisis y cómo se van a instrumentar las políticas anticíclicas para que la perturbación en su crecimiento no se agudice con cifras negativas que puedan enredar el difícil ambiente de convivencia y de seguridad ciudadana, que ya se refleja en algunas regiones del país.
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