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Doce hijos alegran la vida de Manuel y María Marina

ESTE FAMILIÓN DE Bello es todo un ejemplo de lo que significa la unión entre hijos y padres. Criados con amor y disciplina, todos están vivos y organizados y recién celebraron los 60 años de la boda de sus progenitores.

  • Doce hijos alegran la vida de Manuel y María Marina | Manuel Saldarriaga | No es fácil que un matrimonio de tantos hijos se conserve intacto. Muchos destacan que todos los miembros están vivos y son la admiración en el barrio El Congolo, del municipio de Bello.
    Doce hijos alegran la vida de Manuel y María Marina | Manuel Saldarriaga | No es fácil que un matrimonio de tantos hijos se conserve intacto. Muchos destacan que todos los miembros están vivos y son la admiración en el barrio El Congolo, del municipio de Bello.
03 de septiembre de 2011
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La primera que nació fue Luz Estela, en 1953, y después de ella se vino la chorrera, porque si algo tenía claro María a sus 18 años era que si se casaba era para tener hijos.

Eso sí, no sabía bien ni cómo era que se hacían, porque la noche de boda le dio más susto que ganas de tener intimidad con el que sería su esposo de por vida: Manuel José Hernández Estrada.

-Si nosotros de novios no podíamos ni cogernos de la mano, mi mamá no dejaba-, dice Marina, cuyo nombre completo es María Marina Arroyave García, que vio la luz del mundo el 22 de enero de 1933, a sus 17 años conoció a Manuel y no vaciló mucho para decidirse a unir su vida para siempre con él.

En total fueron doce hijos, pues si una cosa tuvo Manuel fue ímpetus para embarazar.

-Es que no se podía descansar, terminaba una dieta y arranque pa'l otro, algunos no se llevan ni el año, jajajaja-, comenta María Marina, que a sus 78 años se ve plena de felicidad y más efusiva que a sus 18, cuando se casó.

Él, muy varonil, muy haciéndose el serio y muy disimulado para entrar en amistad con esa colegiala que le arrebataba sus miradas, se las ingenió para llamar su atención.

-Venía de una procesión de Ramos y él me llamó a preguntarme por un hermano, dizque pa'comprarle una bomba de agua, pero nada más era pa' hablarme-, recuerda Marina, que tampoco puso mucha resistencia al galanteo de Manuel, al fin y al cabo ella lo vio "muy lindo" y como nunca había tenido novio, fue la oportunidad para empezar a sentir en el cuerpo y en el corazón las cosquillitas del amor en tiempos en los que un beso era pecado y tomarse la mano un atrevimiento grave.

Y que Manuel no se fuera a creer que por tener siete años más que ella iba a hacer de las suyas en la casa de su prometida, como se le decía entonces a la noviecita.

-Noooo, eso me tocó más duro, la suegra era muy rígida-, cuenta el viejo Manuel, ahora de 85 años.

-Jummm, es que una vez me cogió la mano y a mí me dio esa tembladera, mi mamá era muy templada, empezaba a toser y era porque estaba que salía a sacar a Manuel, yo lo tenía que echar antes que eso pasara, jajajaja-, sostiene María Marina.

Tal vez por eso, por tanta privación o porque era mejor ir directo al grano que dar tantos rodeos, el hombre ya se sentía con ímpetus para ser jefe de hogar y de una propuso matrimonio.

María Marina no se hizo rogar mucho y luego de tres meses de noviazgo, el 7 de marzo de 1951, sonó la marcha nupcial y se juraron amor eterno, "hasta que la muerte los separe".

De allá para acá, hasta 1967, eso no fue sino tener hijos y más hijos. En total fueron 12, cuando con Abelardo se cerró el ciclo de partos de esta pareja, que jamás entró en cálculos matemáticos para decidir a cuántos muchachos les podían dar educación, ni a cuántos podían alimentar bien, ni cómo harían para que se criaran de la mejor forma y menos pensar en cómo levantarlos para que fueran buenos ciudadanos, "personas útiles a la sociedad".

-No mijo, uno no pensaba sino en traerlos al mundo y de ahí con la ayuda de Dios toditos se iban criando-, afirma María Marina, que aferrada al cuello de su viejo Manuel nunca se arrepintió de pasarse casi 17 años seguidos con la barriga hinchada y de parto en parto.

Al fin y al cabo, Manuel era responsable y trabajaba de empleado en un banco de Medellín. Y además era un hombre recio y de disciplina, entonces así "no iba a haber dolores de cabeza" con la chinchamenta.

Así fue. Dicen los viejos que ninguno dio guerra, que todos están organizados y con familia, a excepción de Wálter, el veterinario, que prefirió quedarse solo, y que "a Dios gracias" todos están vivos y aún rodeándolos de amor y de toda ternura.

Este familión de tres mujeres y 9 hombres son un ejemplo de amor y fortaleza en el barrio El Congolo, de Bello, donde les profesan admiración básicamente por tres cosas:

-Porque es muy raro una familia de tanta gente y que todos estén vivos, también por esa unión que se les ve y por la fortaleza de don Manuel y doña María Marina, que se ven con excelente salud y muy buenos ánimos de vivir-, comenta Manuel Molina, un vecino que los conoce desde hace décadas.

Qué Dios los preserve y los inunde de felicidad, dicen en el barrio. Amor es lo que les sobra, carajo. De eso no cabe la menor duda.

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