Con sus trajes de charro y sus inmensos sombreros, cual paraguas de paño para tiempos en que no para la lluvia sobre ese verdor, parecen una acuarela pintada en el cafetal que antecede el caserío de una vereda donde viven varios de sus hijos.
Allí no sólo los convoca su afecto generacional por el campo, sino porque tres de sus integrantes son jornaleros rasos que se ganan la vida moliendo café.
Lucen elegantes, como para una función en el escenario más auténtico que ha pertenecido a sus mayores: los cafetales de las montañas del Suroeste.
Ahí están que se cantan tres estudiantes, cuatro empleados públicos y tres campesinos (entre ellos el vocalista y dos instrumentistas), quienes integran el único mariachi nacido en la zona cafetera y que hoy causa furor en sus poblados.
Su casa es Betulia, ya suma presentaciones en 45 municipios de Antioquia y su nombre no tiene ninguna alegoría a cafetales: el rimbombante Trompetas de Oro.
Nació en una juerga
Todo empezó al calor de una juerga, en un ensayo con la banda de la escuela de música, cuando a uno de sus integrantes le dio por sacar partituras de aires mexicanos, de pronto interpretaron Pero sigo siendo el rey y se escuchó como si lo hubieran hecho muchas veces.
Los ensayos fueron más continuos y en una sancochada descubrieron a dos campesinos que cantaban muy bien y los incorporaron.
En 2002 empezaron a trabajar por los uniformes e instrumentos apoyados por la comunidad y el Municipio. Así consiguieron la vihuela, el guitarrón y el acordeón, porque ya tenían las trompetas, las guitarras y el requinto.
Primero fueron presentaciones domésticas, "de civil", más tarde se hicieron conocer en la Oficina de los Alcaldes de la Gobernación de Antioquia, que los sacó de sus linderos y les permitió actuar en muchos eventos sin ánimo de lucro.
Una de esas salidas, recuerda su director, Eduardo Morales, fue una Feria de la Antioqueñidad, donde los organizadores lo tenían relegado en el programa, por prevención de que fuera cualquier grupo sin técnica musical, pero el mariachi fue la sensación.
En 2003 el grupo de charros cafeteros ya estaba consolidado y desde entonces no ha pasado un puente festivo en que no estén programados para tocar en pueblos del Suroeste, Oriente, Occidente y en Medellín.
Se sienten muy profesionales y Morales lo recalca en el hecho de que tienen que ensayar tres veces por semana, así no tengan presentación inmediata.
Entre el canto y el canasto
Lo refrendan dos de los integrantes campesinos, Arnoldo y Cristóbal Caro Zapata, quienes reparten el tiempo entre las tareas de los cafetales, los ensayos y las funciones.
En esta época, dice Cristóbal, hay cosecha de café y toca coger el canasto. "Estamos cosechando todos los días, como a las 6:30 de la tarde se termina la vuelta".
En ambos oficios se siente en lo suyo, porque es la tierra y la música son herencias de sus abuelos y padres, y entre ellos, evoca, hubo guitarristas, violinistas y cantantes. "Eso viene de raíz", sostiene.
El territorio de sus sueños y de los de su hermano es una finca de la vereda El León, no muy lejos de la zona urbana de Betulia, donde a ambos los seducen el olor a tierra fresca y las tonadas rancheras.
Cristóbal, que es el solista, cuenta que siempre está cantando en el cafetal. "Es como entrenando, todo el día se canta".
A Arnoldo, en cambio, lo atrae la composición. "Tengo letricas por ahí", anota, pero son canciones que todavía no ha montado con el grupo porque no se ha animado.
Los Caro saben de compañeros de Betulia, hijos del del mismo grupo, que por su calidad se han vinculado a mariachis de Medellín y no ocultan la tentación.
A Cristóbal lo pone pensativo. ¿Acaso piensa no volver a madrugar a coger café?
- Qué bueno, eh avemaría. Todo aficionado a la música aspira a vivir de ella, pero en este momento el ingreso que llega no es tan alto como para dejar el campo.
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