No es fácil formar un bloque americano integrado, que funcione productivamente, excluyendo a los Estados Unidos. Al fin y al cabo la mayoría de los países situados entre el Río Grande y la Patagonia tienen en los gringos los mayores socios estratégicos y comerciales.
Chávez quiere ejercer su liderazgo populista en el área, a través de la nueva Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños.
Cree que con esta joven e inmadura entidad, le va a dar el golpe de gracia a la OEA y de paso herir el amor propio de los estadounidenses.
Es cierto que la OEA es una entidad poco eficaz. Que no cumple a cabalidad con el protagonismo para el cual fue creada. Y que menos ha logrado realizar el sueño de Bolívar, cuando en 1826 en el Congreso Anfictiónico de Panamá, no solo puso los cimientos a los que después sería la OEA, sino que planteó el compromiso inaplazable de hacer "la reforma social bajo los auspicios de la libertad y de la paz".
Cada vez más la reforma social integral está ausente de Latinoamérica, frustración que se refleja en los altos índices de desigualdad y de pobreza, factores comunes a las naciones que desde la OEA no han podido erradicar estos males.
Pretender lograrlo a través de una entidad tan politizada y sesgada como la Celac, sería utópico.
Aspirar a sustituir a la OEA por la nueva impostura chavista sería pasar de Guatemala a "Guatepior". El remedio resultaría peor que la enfermedad.
La OEA hay que reestructurarla, modernizarla, limpiarla de tanta burocracia estéril y nominar un secretario menos cansado y apagado que el señor Insulza. Pero esta acción no se hace sacando a empellones al único país desarrollado de las Américas y menos sustituyendo a aquella por una entidad como la Celac, fruto de la inventiva del capataz venezolano.
En la reunión de la Celac estuvo el presidente Santos. Ya había estado una semana antes donde Chávez. Tenía forzosamente que concurrir a la cita convocada en el país el cual, de acuerdo con el informe de Transparencia Internacional, es el más corrupto de América Latina.
De no haberlo hecho, seguiríamos aislados de una conflictiva zona en donde la solidaridad de cuerpo le hace juego al jayán caraqueño.
Santos, así, sigue girando cheques en su cuenta del tema internacional, de cuyo manejo si bien ha caído en las encuestas -del 83% de apoyo al 70% hoy, de acuerdo con Napoleón Franco- aun tiene poder de maniobra para gastarlo cuando acude a presenciar las reuniones del sindicato de bullangueros.
Santos, al acudir a la cita de la Celac, no solo entendía que de negarse a hacerlo, se ganaría el repudio de mandatarios concurrentes al sainete -mal necesario para la relativa convivencia regional- sino que tenía que obtener el apoyo a la candidatura de Angelino Garzón para OIT.
Este es un Vicepresidente que le ha resultado incómodo al convertirse en la piedra de su zapato. Y de contera, para explicar su presencia en la Celac, sacarle rabia al expresidente Uribe que ya no requiere de muchas provocaciones para reaccionar frente a los vaivenes santistas, obras maestras del equilibrismo utilitarista.
Santos, entonces, al concurrir a Caracas, hizo una carambola a tres bandas. No quiere que lo aíslen de la América mestiza y contradictoria. Logró el apoyo para Angelino y así mandarlo a Ginebra a doce mil kilómetros de Bogotá.
Y puya nuevamente a Uribe, así sea cambiándolo por su nuevo mejor amigo, conducta muy ceñida a su pensamiento de hombre frío, calculador y maniobrero.
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