Queríamos aprender a escribir. Sobre las mesas se regaban los libros de literatura, las gramáticas, los tratados de ortografía, los diccionarios. Los dedos picoteaban infructuosos las hojas de esos volúmenes que, de tanto sentirse manoseados, se tornaban pesados, remolones, herméticos. Los lápices y los bolígrafos sentían el mordisqueo del nerviosismo. A ratos se quedaban entre los dientes, como flechas apuntando a blancos imposibles. Nos querían enseñar a escribir, a ser escritores. Pero en el redil sólo se oía el balido de la impotencia.
Eran otros tiempos. No sé cómo serán ahora, reemplazado el papel por la pantalla de un computador, los libros de consulta por el internet y los lápices por teclados, que al menos son una referencia nostálgica a las máquinas de escribir. Los llamaban talleres. Y así, supongo, se siguen llamando. Taller de español, taller de literatura, taller de periodismo, taller de poesía, taller de escritores.
Taller. Hermosa palabra, acuñada en el ámbito del arte, arraigada en la escultura. Tallar, según el diccionario es "hacer obras esculpidas" y taller, que se define como "lugar en el que trabajan obreros, artistas", también se usa en sentido figurado. Según el Larousse se refiere a un "conjunto de alumnos o colaboradores que trabajan a las órdenes de un pintor, escultor, arquitecto".
No se habla de escritores. No suena. ¿Por qué será? La creación es un acto silencioso. Y solitario. Después de estar uno metido en la vida, de dejarse herir por todas las aristas o dejarse tocar por todas las caricias, de perderse por todos los caminos, de naufragar sin tiempo en la lectura, hay que concebir en el silencio. Allí, solos con la belleza, el escritor y su obra. Entrelazados, serpenteantes. Acezo, suspiro y quejido. Placer y lucha. No es la creación artística, y menos la creación literaria, una orgía en grupo. Se crea en el silencio. Se pare en el silencio.
Están bien, son necesarias, las tertulias literarias, las charlas de café o de aguardiente (o de güisqui, si alcanza la plata), la camaradería, el intercambio de ideas, el roce de los experimentados con los novicios, la crítica dialogada y peleada, la discordancia y el disenso, los análisis al alimón, la interpretación a cuatro manos. Pero no se enseña a ser escritor. A escribir bien sí, pero no a ser escritor.
La creación literaria, toda creación, a mi parecer, es solitaria. Compartir el acto creador es en cierta forma vanidad o tal vez miedo a la soledad, un exorcismo de la inseguridad y la incertidumbre, cansancio por la búsqueda infructuosa. Una tregua en la lucha. Una tregua a menudo inefectiva y mentirosa, que distrae y, tal vez, desoriente y haga abortar. El mundo del arte, y mucho más este de la creación literaria, está lleno de abortos, de partos sietemesinos, de buenos propósitos y sueños inmejorables pero irrealizables.
¿Es uno un escritor? Pregunta difícil de responder. Alguien puede escribir bien una carta, una columna, un cuento, un poema, pero no ser escritor. Sabe escribir, pero no es un escritor. Esta condición comporta una cantidad de elementos que no se agotan en el solo hecho de saber escribir. Es toda una vida de entrega, de búsquedas y hallazgos. Muy pocos privilegiados lo logran. Es mi opinión. A uno puede que le enseñen a escribir, pero no le enseñan a ser escritor.
Si usted, amigo, quiere serlo, no se acompleje por lo que he dicho aquí. Escriba, lea, redacte, rompa, hágase amigo del cesto de la basura; aguante la crítica, soporte esa angustiosa sensación que es la insatisfacción constante que acompaña al escritor. Y esté preparado para que a la vuelta de los años se realice en usted lo que dijo el poeta Horacio: " Parturiunt montes, nascetur ridiculus mus ", el famoso ratoncito que a la postre dieron a luz los montes tras amenazantes retortijones. O como ya lo había dicho con más realismo el profeta Isaías, refiriéndose, claro, a otro tema: "Se retorció, gritó, y al fin dio a luz un flato".
Que fue lo que, a fin de cuentas me pasó a mí con esta columna. Ustedes disculpen.
Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4