Apreciar es la palabra clave. A las 8:40 de la mañana de ayer Hugo de Jesús y Carlos Arturo esperaban a sus compañeros de curso en la puerta del Museo Etnográfico Miguel Ángel Builes, en Calasanz. El primero, con sus ojos verdes bien abiertos, y con la pupila trémula, mira hacia la calle en la que solo ve tinieblas.
Los dos se levantaron muy temprano, arreglaron la casa, y salieron directo al paradero de buses, como lo han hecho desde hace años, por inercia, por memoria, preguntando a quien esté cerca cuál es el número de la ruta que se aproxima.
De pronto, mientras están parados a la puerta con una camiseta que los identifica como guías auxiliares del museo, se escuchan las voces y la algarabía de los compañeros que arrastran por la acera los bastones que los guían. Cada uno contempla, con una mirada vaga, un horizonte distinto.
Los guías, Hugo de Jesús y Carlos Arturo, comparten con los visitantes una condición: son invidentes. Además, desde el año pasado, estudian en el Sena un curso especializado en Guianza Turística.
Ya adentro, alguien grita, busca a una tal Lina, quien aparece entre el tumulto, guiada por el sonido de la voz. Diana la necesita porque Lina sí alcanza a ver algunas cosas y es urgente que mire en el celular el número del profesor, pues no lo encuentran.
Lina se lleva el móvil a más o menos 3 dedos de distancia de los ojos, medita en la pantalla, por fin encuentra el número y así ubican a Arnubio Roldán, quien les ha enseñado lo que saben sobre turismo. "Ellos me asombran todos los días, porque uno tiene muchos prejuicios", dice el profe, antropólogo de profesión, quien se ha acercado a los estudiantes por sus historias.
Los guías se conocen el museo por todos sus recodos. Hablan de medidas y describen lo que hay en cada piso, "en el primero tenemos todo lo referente a la amazonía, en el tercero está Antioquia...".
Empieza el recorrido. Y la descripción de los objetos que guardan su vida detrás de los vidrios es absoluta. Incluso, uno de los visitantes pregunta los colores de una piel de una boa, a lo que Carlos responde con exactitud: "Es café con manchas negras".
Sobre el piso que es en madera, se escuchan los golpes de los bastones. En la primera parte de la expedición algunos se aventuran a tocar el vidrio que los separa de las piezas étnicas, Hugo, por ese aguzamiento de los sentidos del que todos hacen alarde, se da cuenta y les prohibe seguir haciéndolo.
La idea, dicen Carlos y Hugo, es que las personas aprecien las piezas que el museo brinda, sean videntes o no, a través de los sentidos, que la imaginación les permita saber cómo se usaban los objetos, qué color tenían y tienen ahora, que cualquiera que tenga los ojos cerrados, así sea perennemente, pueda conocer cada parte con "los ojos de los oídos".
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